Si en Zaragoza tenemos que hablar de un jugador histórico, de un jugador de leyenda, tiene que ser Lapetra. Tiene que ser él por unanimidad, porque es considerado el mejor jugador aragonés del siglo XX (lo que viene a decir de la historia, vencida ya la primera década del siglo XXI) pero sobre todo porque simboliza como nadie el sentir zaragocista. Llega a tocar esa fibra tan abandonada ahora, el deseo de creer que un día fuimos grandes y que la travesía por el desierto que sufrimos ahora sólo es un paréntesis en la larga historia del León Blanquillo.
Carlos Lapetra fue un jugador de fútbol en blanco y negro. Viajaba en Lotus, tenía un look beatle y jugó al tiempo que Gento y Di Stéfano levantaban Copas de Europa sin cesar. No tenía un gran físico, ni era un alarde en la posición defensiva, en las coberturas o en el marcaje. No se sacrificaba por el equipo. No lo necesitaba, porque era lo que ahora se ha dado en llamar un ‘superclase’. Le llamaban el Ingeniero, el Dictador, y era porque con sólo unos pocos toques manejaba el balón y con él al equipo. Se dice de él que inventó dos posiciones en una: la de falso extremo y la de mediapunta ‘enganche’ con el delantero.
Sin embargo, no tenía una posición fija en el campo. Era una anarquía táctica que desesperaría a los más puristas estrategas. Era un desatascador en el campo, rompiendo las líneas y los marcajes. Se movía con el balón, con el equipo, allá dónde más hiciera falta su clarividencia. Lo que Carlos Lapetra deseaba era el esférico: recibirlo y tratarlo como muy pocos sabían tratarlo. Y es bien sabido que el cuero siempre vuelve a aquellos que lo tratan bien, que lo miman, y ahí estaba siempre él.




















