Archivo de categorías: En corto y al pie

Cualquiera tiempo pasado…

¡Qué vueltas que da la vida! Quién iba a decir a la afición blanquilla que el fichaje de más copete, relumbrón y alfombra roja de los últimos años iba a ser un repatriado, un mero recuerdo de tiempos mejores y equipos que paseaban el león rampante y orgulloso por toda España y (parte de) Europa.

José María Movilla es un jugador de casta, compromiso y carácter. De galones, que faltan a la orilla del Ebro. De esa raza que se identifica con Puyol y Stoichkov. El salto al campo supone una subida de revoluciones que no se calma hasta la ducha. Imposible olvidar aquellos partidos que disputó con un brazo casi en cabestrillo. Es una brizna de espíritu en un equipo falto, en estas primeras jornadas, precisamente de eso: de alma. Fichado sobre la bocina, con la competición ya en marcha, se ha convertido en cuestión de horas en el líder de un vestuario al que le faltaba una cabeza visible que no fuera su portero.

Habrá que recordar, no obstante, que José María Movilla abandonó el Real Zaragoza por el camino habitual: la puerta de atrás. Porque, con 31 años, ya no daba el nivel. Era mayor en un equipo con pretensiones que se demostraron ufanas y altos vuelos que resultaron demasiado cortos. El error, que lo fue, vino acompañado de un declive en las aspiraciones deportivas del equipo que ha finalizado con la vuelta de Movilla a la disciplina maña. 37 años, una cartera de servicios de envidiable longevidad y compromiso. Allá donde ha ido, ha cumplido. Igual que lo hubiera hecho aquí, si se hubiera quedado. De eso estamos todos seguros. Un jugador digno de alabar, de esos que crean vestuario y juego, que pintan con su impronta el césped del estadio por el que pasan, de los que no se esconden. Lo que necesitaba el Real Zaragoza.

Sin embargo, llega un punto en el que resulta irónico, casi dramático, que el fichaje que más ilusione a propios y extraños sea un jugador de 37 años, procedente del Rayo Vallecano, cumplidor y bregador, pero sin una clase excelsa, ni capacidad goleadora. Es, casi, el recuerdo andante de que el club del león fue grande no hace tanto, de que existen jugadores en activo que disputaron (y ganaron) finales conquistadas desde el feudo inexpugnable de La Romareda. Es como una brisa de aquel pasado que, como todos, sin duda fue mejor. Una brisa que alienta los rescoldos de una hoguera pisoteada y casi ni humeante: la de la ilusión de una afición vapuleada por las circunstancias, que ya sólo espera no tener que sufrir un año más.

El sueño de un equipo de Aragón

A propósito del interés del Real Zaragoza por ‘repescar’ a Chechu Dorado, central que ha demostrado su más que valioso oficio en primera a las órdenes de Pepe Mel, surge una cuestión: ¿elabora el Real Zaragoza una profunda y cuidada labor de scouting y seguimiento de jóvenes valores en su ciudad y en su comunidad?

La respuesta, como siempre, no es blanca o negra. En su caso particular, el central verdiblanco retornará (o no) a la que fuera su casa hace ya más de una década, convertido en un central consolidado de Primera División y la operación se antoja complicada, en tanto en cuanto podría haber pasado toda su trayectoria vestido de blanquillo. Y no es el único caso de jugador que pasa por la Ciudad Deportiva o por equipos aragoneses siendo ignorado por el cuerpo técnico maño, para después triunfar en otros estadios, ante otras aficiones. En concreto, esta temporada se pueden encontrar muchos casos en equipos de perfil económico bajo, que buscan jugadores nacionales, solventes y sin fichas estratosféricas.

De hecho, una de las sensaciones de estas primeras jornadas esta siendo el Real Valladolid, recién ascendido, que ha vencido sus dos envites (uno de ellos, de hecho, al cuadro entrenado por Manolo Jiménez). En sus filas cuenta con la revelación, Víctor Pérez, que ha pasado de la suplencia en la Sociedad Deportiva Huesca a convertir dos goles en dos jornadas con los pucelanos. En el mismo equipo se enrola Omar, jugador que llegó al Huesca proveniente del Tenerife y que recaló a las órdenes de Djukic en calidad de cedido. Y, por supuesto, un jugador que desde el punto de vista de un servidor, está llamado a triunfar en esto del fútbol, si las lesiones le respetan: Lluís Sastre. El que fuera jugador del Real Zaragoza B y del Huesca ha dado este año el salto a la élite y tiene por delante en su puesto al propio Víctor Pérez, al que sentó en el Alcoraz.

Otro de los equipos que cuentan con jugadores que han estado en la órbita aragonesa es, por supuesto, el Real Betis Balompié. Al ya mentado Chechu Dorado, ex de la Ciudad Deportiva, se une uno de los atacantes de moda de los últimos años en el fútbol español: Rubén Castro. Si bien el canario nunca ha estado cerca del Real Zaragoza, en la temporada 2008-09 compartió delantera con Roberto en la S.D. Huesca, obteniendo grandes resultados. El ex de Racing de Santander y Deportivo de la Coruña juega y triunfa ahora en el mismo equipo que Dorado.

Además de ellos, otros ejemplos serían el ex oscense Mikel Rico, actual jugador del Granada; Andrés Fernández, porterazo que defiende la meta del Osasuna y, por supuesto, los ex canteranos Rubén Gracia ‘Cani’, actualmente en Segunda; Lafita, en el Getafe Álvaro Arbeloa, vigente campeón de Europa y del Mundo; Ander Herrera (Athletic de Bilbao) y Alberto Zapater, que continúa su periplo europeo jugando en el FC Lokomotiv de Moscú. En las últimas horas se ha conocido que Víctor Laguardia, que no cuenta para Jiménez, podría acabar recalando en el Rayo Vallecano. Es decir, que en una plantilla corta no habría sitio para el canterano, que si lo tendría en un rival directo de cara a la pugna por el descenso.

Éstos son sólo unos pocos ejemplos de jugadores que han jugado en Aragón, a los que hemos podido ver bien en la Romareda, bien en el Alcoraz o en la Ciudad Deportiva. Pasaron y se fueron, para dejar su sitio a los Loovens, Dujmovic, Zuculini, o Babic. Si bien es cierto que no se puede confiar la construcción de un equipo curtido, fuerte y de Primera en jugadores canteranos y de Segunda, si que la columna vertebral del mismo se puede apuntalar con incorporaciones de este cariz.

Ya no es cuestión de fijarse en el celebérrimo ‘modelo Barça’ que económicamente está tan lejos de las posibilidades del Real Zaragoza. Simplemente es cuestión de mirar hacia abajo en lugar de hacia fuera. Parece que este año se recupera ese interés por recolectar en Segunda (de donde salió, por ejemplo, David Villa). A algunos les provoca repulsión el tratar de dar un paso más y efectuar una gran infraestructura a nivel de Aragón, en colaboración con equipos de Segunda, como el Huesca, y de Segunda B. Yo en cambio, me planteo nuestro potencial como Comunidad. ¿Se imaginan si todos esos ex oscenses mentados figurasen ahora en el plantel blanquillo y, a cambio, Goni, Kevin, Laguardia, Porcar u Ortí pudieran foguearse en Segunda?

¿Por qué Li-Ning?

Hace unas semanas que corren ríos de tinta (o en su caso, bits) sobre la firma del Real Zaragoza con la marca china Li-Ning para la fabricación de las equipaciones del conjunto maño para la próxima temporada. En los últimos días hemos conocido que será así, y que el equipo comandado por Agapito Iglesias incluso se plantea ceder la explotación de la tienda al gigante asiático. Li-Ning, que ya ha desembarcado con fuerza en el baloncesto español (Unicaja, Estudiantes, la Penya, Baskonia y la Selección lo acreditan) se confirmaría así como un valor pujante en el fútbol. Así, los chinos vestirán la próxima temporada en Primera División al RCD Espanyol, al Real Zaragoza y al Celta de Vigo (en el más que probable caso de que los gallegos asciendan, para lo que les sirve un empate bastante “probable” frente al Córdoba este fin de semana). Hasta este año, además, vestían al Sevilla, pero los desencuentros con los nervionenses han provocado el desembarco de estos últimos en Umbro.

En un principio podría parecer que ceder la fabricación textil a los chinos es un paso atrás para el Real Zaragoza, que esta temporada ha vestido zamarras de Adidas. Sin embargo, esta es una conclusión precipitada, ya que la mayoría de las empresas de este cariz tienen focalizada su fabricación mayoritaria en China, dejando los talleres locales para temas muy puntuales, impresión de vinilos y detalles minoritarios. Por lo tanto, el hecho de venir desde China no es inherente a una pérdida de calidad, como podría pensarse. Además, Li-Ning aportará, como hizo en su momento con Sevilla o Espanyol, un montante importante de dinero que ayudará a las destrozadas y carcomidas arcas de un club que tiene que afrontar un plan de pagos digno de rescate económico por parte del Gobierno. Si a este batiburrillo de razones añadimos los “desencuentros” entre Adidas y el Real Zaragoza, que han derivado en falta de stock en tiendas y falta de colaboración en la elaboración de las camisetas (diseño), el cambio de marca parece un golpe de mano bastante hábil por parte de los gerentes zaragocistas. Lo parece.

Lo parece porque, si estudiamos la historia de la marca china, la cosa cambia. El RCD Espanyol tuvo problemas en el suministro de las camisetas que pretendía utilizar en su participación en competiciones europeas (en su caso, la Uefa). El Sevilla ha rescindido su contrato de cuatro temporadas con Li-Ning tras la primera de ellas, firmando con Umbro. Los aficionados del Celta de Vigo han demostrado, en distintos foros, su disconformidad con los diseños y precios de la marca china. En baloncesto, Li-Ning ha combinado buenas gestiones (Selección Española o Baskonia) con otras no tan buenas, como Unicaja, Estudiantes y Penya, con los que ha tenido problemas, de nuevo, a la hora de distribuir. Además, existe la duda del cumplimiento de los plazos, siempre importante a la hora de la presentación de las equipaciones, la distribución a las tiendas o la participación en torneos de verano y el inicio de campaña. Hay marcas, como Adidas, que exigen una antelación casi rayana en la obsesión, comenzando a diseñar las camisetas en diciembre o enero de la temporada anterior. Lo que es seguro es que si el Real Zaragoza se reúne ahora con Li-Ning para cerrar el diseño de la ropa de la temporada 2012/2013, los plazos serán, cuanto menos, precipitados (diseño, OK por parte del club, producción, acabado, evaluación, presentación, reparto de la ropa de entreno, llegada a las tiendas pretemporada….) Como muestra, un botón: Sevilla y Espanyol disputaron sus torneos de pretemporada con Li-Ning con unos diseños y los partidos de temporada con otros distintos.

Parece, por lo tanto, que la evaluación de la calidad de Li-Ning correrá a cargo de los gustos de cada uno, sin que difiera tanto (a priori) de otras marcas que han vestido, a lo largo de los años, al Real Zaragoza. Será en la parcela de la distribución donde, como sucediera con Adidas, puede haber más conflictos. Al final, la decisión sobre quién tejerá una camiseta cargada de historia, que debería ser un agrado visual para compensar de los sufrimientos que soportan quienes las llevan más de un año o dos (es decir, los aficionados…) se ha basado en lo que Li-Ning ha pagado, y no en el prestigio o la calidad de otras marcas, como la propia Adidas, Umbro o Nike o incluso la cercanía territorial y el apego a la tierra, como sería el caso de Mercury. Veremos qué resulta de la relación entre la pujante China y la nave de Agapito. Un Agapito, por cierto, que a pesar de tener el club “en venta”, firma un contrato para vestir ese mismo club para las próximas temporadas. Pues eso.

¡No oséis llamarlo éxito!

Épicas aparte, el Real Zaragoza consiguió ayer el objetivo mínimo que se había marcado al inicio de la temporada. El alfiler del que pende la supervivencia del club en la élite temporada tras temporada. Su sostén para poder afrontar, salidos ya del concurso de acreedores, los exigentes pagos que tiñen de rojo su calendario.

El éxtasis blanquillo fue total, absoluto, rotundo. Sólo pudo ser superado por la alegría vallecana, a escasos kilómetros del Coliseum y a escasos segundos de culminar la amenaza del descenso a los infiernos. El Villarreal será, junto a Sporting y Racing, quien sufra la pena del olvido y el destierro, mezclados con los dolorosos recuerdos de aquél penalty de Riquelme que pudo ser y no fue.

Ellos fueron grandes, y ahora están en Segunda. Lo mismo que podría haberle pasado al Real Zaragoza. Mejor dicho, lo que debiera haber pasado si la lógica de las matemáticas no se hubiera empotrado contra un muro de fe, casta, pasión y milagros. Contra el muro de la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, podría decirse después de atisbar tamaña proeza, digna sólo de unos pocos elegidos.

La marcha del equipo y la mera observación del paciente aficionado en la grada hacían pensar que Javier Paredes, Pablo Álvarez, Zuculini o Edu Oriol no formaban parte de ese selecto grupo de elegidos que decía antes. La proeza resultaba demasiado utópica para el sentir maño. Pero estos jugadores, ajenos a esa excelsa clase de los que ahora llaman ‘top’ no se han resignado. Imbuidos del espíritu revolucionario, se han levantado contra su destino y han asestado un zarpazo al pesimismo, han insuflado aire cargado de ilusión a una afición maltratada, zarandeada y, últimamente, odiada y vilipendiada desde distintos puntos de España (según parece, Granada es el epicentro de la ira antizaragocista).

El episodio de ayer fue glorioso para aquellos que se desplazaron a la capital del Reino, agónico para los que lo siguieron por televisión y por la radio. Épico, antológico. Pero no se os ocurra, no oséis llamarlo éxito. Esto no es un éxito. Es un alivio. Sólo eso. La salvación permite que exhalemos, poco a poco y con placer, el aire que guardábamos en los pulmones desde septiembre del pasado año. Esto no es un éxito. Mirad las imágenes de París, de Montjuïc, de aquellos maravillosos años. Eso sí fueron éxitos. Esto, como mucho, califiquémoslo de proeza por lo heroico e inesperado. Pero no de éxito. No demos esa satisfacción a quien no ha gestionado el club para conseguir verdaderos éxitos, esos que este club sí merece.

A partir de hoy, finalizada ya la temporada, comienza el partido más importante para el Real Zaragoza. No hablamos, como todos saben, de 3 puntos, ni de goles, tarjetas o tarascadas. Éste se juega en los despachos. Esos desgraciados protagonistas del fútbol moderno marcarán el devenir a corto, medio y largo plazo de un equipo, una afición y un sentimiento. Esa misma afición, que gritó que sí podía y lo demostró hazaña tras hazaña, no debe bajar ahora la guardia. Hemos de construir un nuevo equipo desde casi menos de cero. El conjunto que hasta el 30 de mayo dirige Manolo Jiménez se desmantela por piezas, quedando sólo algunas de ellas. Ni siquiera la continuidad del andaluz en el banco es probable. Ahora toca gestionar, moverse, fichar, negociar… toca el ‘otro fútbol’. El que construye equipos y gana campeonatos o bien construye deudas y pierde categorías. En el corazón zaragocista queda la esperanza de que esto no sea un bucle: que no volvamos a empezar, a sufrir, a silbar e indignarnos con unos gestores y una gestión impropia de los despachos que ocupan. En la retina, sin embargo, guardamos el recuerdo de innumerables decepciones que, con los años, van desplazando las copas y las alegrías. Que nadie se olvide: la permanencia no era un éxito, era una obligación. Ahora comienza una nueva senda y, aunque caminemos con el pecho henchido y la cabeza alta, no debemos olvidar lo que dejamos a nuestra espalda, ni el horizonte que está por venir.

La reacción sobre el césped

Mucho se ha hablado sobre la capacidad porteadora de La Romareda en las últimas jornadas. Qué duda cabe, los últimos llenazos, la grada entregada, el ruido y las bufandas han llevado en volandas al equipo en su empeño por convertir su feudo en un fortín, tapiando las grietas por las que chorreaba aquel incesante flujo de puntos hacia otros enclaves españoles

La afición, ese clamor atronador que el pasado miércoles se debatía entre agarrarse el corazón para que no se le saliera del pecho en esa ristra de saques de esquina del final del partido o dejarse la garganta hasta dejar sordos a Juanfran, JIM y compañía, ha sido una de las claves (sino LA clave) de la actual brizna de esperanza. La rabia y la fe de la hinchada han empujado al equipo a un nuevo nivel de entrega para superar esa fase de apática aceptación de la fatalidad que nos acompañaba a todos hace unos meses.

Gracias a ello, decía, se puede observar cómo varios jugadores han evolucionado en su juego, permitiendo al equipo dominar sobre el césped y traducir el grito de la parroquia a goles sobre el tapete. Entre ellos, yo destaco varios:

- La entrega de Postiga. Las malas lenguas dicen que es porque se acerca la Eurocopa, pero lo cierto es que en las últimas jornadas hemos observado cómo el portugués se entregaba mucho más en tareas de presión y cobertura, amén de su capacidad de desborde y de arrastrar a los defensas cayendo a la banda. Sólo le ha faltado mayor acierto de cara a puerta, pero su final de temporada está siendo notable.

- El triángulo Micael – Zuculini – Apoño. Una de las líneas en las que más dudas estaba mostrando el equipo era el centro del campo. En la retención, Jiménez no acababa de decidirse por Dujmovic, Pintér o Zuculini. Al final, parece que la entrega del argentino le ha valido el puesto, en el que se ha desenvuelto con una pasión y una garra que parecen contagiar al equipo, aunque siempre pecando de cierta precipitación. En la creación, hemos asistido a la confirmación de Micael, mucho más rápido en el pase y atento al corte y a las ayudas. Y, por supuesto, a la visión y el toque de Apoño. El del Málaga nos ha aportado algo que no teníamos: calma, serenidad, saber estar. Sus cambios de juego, sus pases con el exterior y al hueco han insuflado al equipo un nuevo aire. Su primera parte frente al Levante fue una clase de fútbol puro y duro.

- El oportunismo de Edu Oriol. El canterano de La Masía ha cuajado una temporada irregular, y ha pasado más tiempo en el banquillo que sobre el césped. Ninguno podíamos imaginar su papel en las dos últimas “finales” con dos goles de bella factura, en especial el segundo (que además conllevó la posiblidad de seguir luchando). Puede que el de Cambrils no haya asumido gran protagonismo en el juego, pero sí que aporta dinamismo y desborde en la banda y, sobre todo, gol. Está de dulce y marcó un golazo en jugada personal y otro de seco disparo. Por el bien del zaragocismo… ¡Qué siga la racha!

- Seguridad defensiva. Aunque las razones pudieran ser dignas de un capítulo de CSI, el Real Zaragoza ha echado el candado. Y esta vez no ha sido (sólo) culpa de Roberto. En los últimos cuatro partidos sólo ha encajado un gol, el que significó la derrota en Mallorca. Paredes y Da Silva parecen haberse asentado en el centro de la zaga. El Jabalí, en concreto, lleva un par de partidos muy seguro al corte. Ejemplo de compromiso, está sorprendiendo a propios y extraños con su rendimiento en las últimas jornadas. En la izquierda, Abrham y Obradovic se alternan una de las plazas mejor cubiertas del equipo. Y, en la derecha, Pablo Álvarez parece haberse asentado e incluso se anima con incorporaciones que abren el campo y ofrecen desahogo con la opción de combinar a Apoño y Micael.

- El compromiso del equipo. Finalmente, la última y más importante llave para que el Real Zaragoza esté agarrándose con las uñas al borde del precipicio, tratando de no despeñarse, es el compromiso. La imagen de Zuculini lo ilustró cuando supimos que, pese a sangrar por una contusión renal, se negaba a abandonar el campo. Jiménez exigió una máxima, y los jugadores la han hecho suya. Hoy toca el siguiente nivel. Sólo queda mantener el esfuerzo, llevar en volandas al equipo y que los jugadores vuelvan a cumplir. Salir igual ante el Racing, confiar en la suerte, en el destino, en la Diosa Fortuna, en lo que sea… y rezar.

Sin margen de nada

El poso se va asentando y los días pasan. La derrota frente al Mallorca supuso un golpe duro. Tan duro que sólo es equiparable al bofetón que Granada y Villarreal nos dieron el domingo por la mañana. Ambos fueron determinantes, dolorosos, casi definitivos. Ahora sólo queda esperar una quimera, una gesta equiparable a las que Homero inmortalizó. A 6 puntos del Villarreal, con sólo el doble en juego, el discurso de la plantilla y el entrenador sigue siendo optimista, teledirigido por la obligación y la profesionalidad que, han decidido, van a ser la guía de su conciencia. Estos días hemos escuchado y vamos a escuchar que sólo vale la victoria, que no tenemos margen de error. Como si hasta ahora hubiera valido algo más que la victoria o hubiéramos tenido el más mínimo margen de error.

La gesta era casi imposible, digna de entrar en los anales zaragocistas, y ahora sigue siéndolo, incluso si cabe un poquito más. Podríamos caer en la desesperación y asumir que este equipo camina hacia el casi seguro descenso a la Segunda División. Empezar a pensar en que el año que viene el Real Zaragoza no visitará los campos más lustrosos de España: no irá al Camp Nou ni al Bernabéu, ni a Mestalla, ni al Calderón… que no estará entre los mejores. Pero, afortunadamente, aun queda al menos una jornada para que eso no sea seguro. Y mientras algo no es seguro, el resultado puede cambiar. Por eso este equipo está obligado a resistir, porque así como no tiene margen para el error, tampoco lo tiene para la desesperanza. Todos los valores a los que tan manidamente se acude últimamente (el escudo, la histora, el orgullo…) son los que ahora deben cobrar protagonismo.

Así como un equipo y una afición tienen muy fácil demostrar su señorío y su valor en la victoria, es en la derrota cuando se hacen merecedores de un mayor reconocimiento. El Real Zaragoza debe demostrar que es merecedor de esos atributos que históricamente se le han atribuido por partida doble: por un lado luchando hasta el final, mostrando la actitud luchadora, fiera y no entregándose hasta el final. Por el otro, sabiendo que, pase lo que pase, detrás tendrá una afición y una ciudad que anima y corea. Lo decía hace unos días Cedrún: es el momento en el que le darías un “cachete” al equipo, pero no puedes. No puedes porque tienes que ponerte la camiseta, animar y olvidarte de todo lo demás. Sólo queda mirar hacia delante, hacia el Athletic: ya no queda margen para nada más.

¿Con qué quedarse?

Recuperados ya de la resaca del partido frente al Fútbol Club Barcelona, el Real Zaragoza vuelve a afrontar una realidad con muchas caras. El jueves Manolo Jiménez vuelve (o no, tras su expulsión) a enfrentarse al equipo de sus amores. De nuevo otro partido en el que sólo nos sirve la victoria, de nuevo al filo del alambre afrontando un imposible más. Sin embargo, pareciese que, lejos del Guadalquivir  no hubiéramos pasado página. La guerra del sábado sigue coleando. Turienzo, la expulsión de Abraham, al contrario que la de Keita o el afortunado cabezazo de Aranda;  el empuje de una afición entregada y el cambio de imagen, Jiménez mediante, siguen en boga.

¿Con qué debemos quedarnos? ¿Cuál es el poso del choque que dejó a unos y otros a 4 puntos de su antagónico objetivo? Podemos elegir entre dos opciones: seguir produciendo bilis por los supuestos errores arbitrales, por la diferencia de los derechos televisivos, las injusticias derivadas de la gestión de la LFP y por ese penalty que pudo entrar y no entró, o podemos henchir el pecho tras ver la Romareda cubierta de bufandas, cantando el himno y animando a un equipo que cae por 1-4, congratulándonos de la lucha y la épica, del fútbol que, por fin, parece que es mínimamente amable en la capital aragonesa.

Personalmente, considero la primera opción estéril y la segunda, al menos, positiva. Sin embargo, yo no optaría por ninguna de las dos. Rebozarnos en las imágenes de una Romareda pletórica o en una mano de un malí del Barça no sirven ahora. Sirve viajar concienciados a Sevilla, que es, en realidad, lo único que existe. Sirve olvidar todo lo acontecido el sábado, porque ya nada se puede sumar, y afrontar la siguiente batalla. No podemos permitirnos seguir pensando en árbitros, en lo que pudo ser y no fue, y sí tratar de empujar, de mantener la ilusión y la cohesión para asaltar el Pizjuán y hacer sentir al Villarreal el aliento aragonés hasta en las entrañas. Dicen que en tenis una gran técnica de concentración es olvidarse de espectadores, líneas e incluso del rival, y mirar sólo la pelota, hasta que seas capaz de ver en la distancia la marca escrita en el pelo amarillo de la bola. Adaptando esa máxima, el Barça ya no existe. Ni Turienzo, ni Keita, ni siquiera la Romareda. Sólo existe el Pizjuán, Míchel, Navas y ese Sevilla al que vamos a ganar.

El cuchillo entre los dientes

Este Real Zaragoza se ha ganado el derecho unánime a soñar. Henchido el pecho maño, por fin podemos caminar por la Liga con la cabeza alta. El milagro que casi nadie contemplaba ha comenzado a vislumbrarse. 10 puntos de 12 posibles y dos rivales hundidos, por debajo de los de Jiménez en la clasificación. Ahora es posible mirar hacia abajo. Incluso los escándalos que hacían enrojecer a más de un zaragocista y nos ridiculizaban a nivel nacional se han trasladado a otras ciudades del norte, donde capean como pueden a Clemente mientras aquí nos ilusionamos.

Ahora se puede creer sin temor a caminar entre lo cómico y lo utópico. El fútbol nos ha volteado y elevado a la cresta de una ola que, sin duda, afronta un obstáculo de proporciones mayúsculas. Podemos creer, es cierto. Pero ahora llega el Fútbol Club Barcelona, gigante entre gigantes. Después, un complicado choque en Sevilla. Lo lógico sería que volviéramos a resoplar y a ver cómo el equipo pierde fuelle. Pero, al menos, ahora la situación ha cambiado.

Ahora no esperamos a ver cuántos goles suben al marcador, o si la cifra cabe en el marcador de la Romareda. Ahora no estamos en Segunda. Hemos ascendido. Ahora toca luchar, gritar, jalear, meter la pierna, el brazo y lo que haga falta. El Real Zaragoza, exento de toda calidad, capacidad de desarrollo o concepto futbolístico, ha recuperado su carácter, su imagen de equipo, su lucha y su garra.

Por eso hay que pedir al equipo, a la afición, a la ciudad… que aunque llegue un revés (que en ocho jornadas llegará, seguro) no ceje en su empeño. El grito “Sí se puede”, el “Zaragoza nunca se rinde” han de imponerse a la desesperanza de la cruda realidad. Mantengámonos unidos. Hace tres semanas recibiríamos al Barça y viajaríamos al Pizjuán con miedo. Ahora no. Ahora esperamos con la media sonrisa del que sabe que, teniendo poco que perder, va a salir a la desesperada, a luchar y pelear hasta que Lafita, Apoño o cualquier otro lance un zarpazo de este león herido que tanto tiene por rugir. No hay que pensar en nadar para morir en la orilla. Hay que pensar en hacer de la Romareda un fortín y esperar a los de Guardiola con el cuchillo entre los dientes.

Hay que seguir

Hay que seguir. Como si de una octavilla repartida en los exteriores de La Romareda se tratara, se repetía ayer la misma consigna. Jugadores, periodistas y aficionados, todos a una, nos hemos subido al carro de la esperanza. La postrera victoria frente al Atlético de Madrid ha devuelto el optimismo a gran parte del entorno zaragocista. Se trata de una llama frágil, surgida de los rescoldos de innumerables decepciones que, a lo largo de la temporada, han apagado una y otra vez las brasas del equipo.

Merced al maravilloso vaivén al que la evolución del equipo nos ha castigado, la realidad de la ilusión varía cada semana. Ora estamos en Segunda, ora nos vamos a salvar. Vamos camino de convertirnos en un “equipo-milagro” que, cada quince o veinte días, protagoniza un ascenso moral a la Primera División para volver a abandonarla sólo unos días después.

Aranda, Coentrao y la hipérbole del fútbol

¿Cuándo dejó el fútbol de ser noticia? ¿Cuándo pasaron su entorno, sus curiosidades y anécdotas, de considerarse un bonito complemento a ocupar portadas, debates y bits de este mismo espacio? Sí, lo sé. Caigo en mi propia trampa. Prometo en las líneas que preceden a estas hablar de 22 tíos y una pelota de cuero, y la primera opinión que vierto versa sobre cigarrillos, calentamientos y demás historias que no debieran ser protagonistas sino meros satélites que orbiten en torno al balón, las coberturas, las líneas, las follas secas y las tarascadas: el fútbol. ¿Por qué, entonces, empiezo la casa por el tejado? Tal vez porque pretendo colaborar al hartazgo de la masa lectora de este género y que, de tanto hastío, dejen de leer la prensa deportiva.

 El caso es que, en este bendito país nuestro, la noticia del día (y de los días, que casi es más lacerante) en el ámbito futbolístico no ha sido un gol, ni un fichaje, ni nada relacionado con los campos de fútbol. Ha sido un cigarro. Un pequeño y diminuto cúmulo de nicotina. Igual que los que consumían Kluivert, Futre o Rijkaard o de los que consume, hoy en día, Miguel Brito, a la sazón lateral del Valencia. Desde luego, no es un hábito recomendable en un deportista, mucho menos si el alto rendimiento es su modo de vida o si ha de alcanzar la excelencia para justificar, como es el caso, un carísimo traspaso. Pero de ahí a convertirlo en alegre algarada de los debates, en tema del día para vilipendiar o defender a muerte al portugués, según sea el color de la bandera, el abismo es grande.

En la órbita  blanquilla coincide la circunstancia, aunque a escala. El Real Zaragoza convive con una muerte anunciada desde hace semanas, con una mezcla de desesperanza y desazón; rabia y frustración. En estas circunstancias los ánimos están a flor de piel y las suspicacias aumentan exponencialmente. Con el don de la oportunidad, Aranda, en un momento crítico en la historia de un equipo recientemente octogenario, “aprovecha” la coyuntura. El reportaje del Día Después enciende la ya renegrida llama de la indignación maña, inflamando la red y los maltratados corazones zaragocistas. Al día siguiente, Manolo Jiménez acude al rescate y resta importancia al incidente. Contemporizador, lo deja en diez minutos de retraso y la multa de un “tapeo”, como dicen en su tierra. El ex de Osasuna demostró una falta de implicación bastante dolorosa, realidad suficiente para que una afición suficientemente noqueada se indigne. A partir de ahí, es mejor no hacer leña del árbol caído. Se aplica el código interno en lo que esté estipulado y se asume que, a pesar de todo, cuando ha jugado, Aranda ha luchado y peleado dentro de sus posibilidades. No nos engañemos: el Real Zaragoza no está como está porque Aranda llegue diez minutos tarde al vestuario. Eso es sólo un vaso de agua en el océano.

Es la hipérbole del fútbol. Cualquier detalle sirve para llenar telediarios, páginas o minutos de radio, y si se maximiza se convierte en un fenómeno superventas. Modelo Hollywood. Al final, las botas de “CR7″ y las desventuras amorosas de Piqué tienen más valor que el legítimo protagonista: el balón. Afortunadamente, hay quien aún cree que la liga huele a césped, a colegiados con extraño apellido y a domingo por la tarde. A estos rara avis aún nos quedan Vicente Verdú, Martin Girard, Martí Perarnau, Michael Robinson, Rubén Uría…  para leer y disfrutar en este reducto de la soledad. Mientras tanto, se admiten apuestas. ¿Cuál será la próxima noticia del día?