Archivo de categorías: Río arriba

El nuevo zaragocista

Éste no es el mío, que me lo han cambiado. Victoria y tres puntos contra el Granada, sí. Pero el aficionado medio del Real Zaragoza luce un nuevo rostro al que no estoy acostumbrado. En estas últimas semanas se observa un nuevo modo de afrontar las sensaciones tras los partidos que no son moda en la ciudad. Y es que, señores, el zaragocista está tranquilo. No hay gritos en el bar, no hay prisas, no hay solicitud de cambio de entrenador. Bien, puede que en algún medio se hagan crecer las sombras sobre las comparaciones con otros años. Nadie es perfecto y, la verdad, de algo hay que escribir. No es tan sencillo.

El nuevo zaragocista   fotografíaY sí, bueno, visto desde el lunes, con una nueva situación clasificatoria, tras un partido donde el equipo se ha plantado firme hasta conseguir el triunfo, todo parece distinto. Pero es necesario regresar a hace unos días para ponerse en la tesitura de un equipo que genera dudas, que no marca, que ya pide a voces un nuevo delantero que amplíe el repertorio de Postiga, aunque nos traiga con él un posible Caso Aranda. Y, sin embargo… el zaragocista está tranquilo.

Dice un amigo que todo es consecuencia de la crisis, y de que la gente, por fin, empieza a valorar lo más importante, y a restar drama a lo que no deja de ser un entretenimiento dominical (bueno, eso antes, ahora ya pueden invadir cualquier día a placer). Que, al fin y al cabo, tirarse de los pelos por un deporte es un lujo que sólo se pueden permitir… eso, los que incluyen la palabra “lujo” en su vocabulario. Y esto, hoy, en este país, no toca.

No quito valor a su opinión, pues tiene sentido y puede que haya algo de eso, aunque precisamente es el fútbol el mejor recurso para olvidar por un rato los problemas. Pero creo que el efecto de Jiménez, extendiéndose más allá de la fiebre surgida de la reciente salvación -milagrosa-, tiene mucho que ver. El aficionado escucha lo que el sevillano dice en las ruedas de prensa, y no le salta el automático acusatorio de mamandurrias (que diría aquella funcionaria madrileña). Expone las situaciones con una sencillez que llega al seguidor, y gracias a sus indicaciones, no sólo se sobrelleva el momento histórico del equipo (lo que, al fin y al cabo, casaría con el carácter del aragonés). Además, y aquí está la novedad, se mira con cierto optimismo el futuro.

Y si Jiménez ha sido capaz de parir en ruedas de prensa al aragonés optimista, zaragocista para más señas, que quiten la estatua de la plaza de España y pongan la suya cuanto antes. Ya estamos tardando.

__________________

El nuevo zaragocista   fotografíaNo puedo acabar el artículo sin recordar aquel otro en el que mencionaba que el zaragocismo suele requerir una figura emergente, que llevara el calor de la grada en forma de ilusión durante cada partido, sirviendo de ejemplo y acicate para sus compañeros. En otro momento pareció que Juan Carlos, aquel galgo de la cantera madridista, iba a cumplir con ese papel, pero perdió fuelle y se diluyó.

Ahora es el momento de Víctor, cuya explosión cogió a todos por sorpresa, pero partido a partido se empeña en demostrar que no se trata de la flor de un día. Deberemos estar atentos a la progresión de este chaval, que sin alardes excesivos, y desde luego sin el bombo de los medios, va camino de ganarse nuestro corazón durante este año.

Esperando a Romaric

En un equipo donde el entrenador juega con piezas prestadas, las pocas que pueda haber escogido por su propia mano son siempre referencia, punto de crítica y observación obligada. La Romareda, además, es un estadio conocido por la sorna con la que se acogen este tipo de novedades, con una afición demasiado acostumbrada a ser vapuleada en sus ilusiones por tejemanejes de directivos, representantes y todo aquél capacitado para hacer caja con el paso de un jugador.

Con el peso que tradicionalmente recae sobre este tipo de fichajes (véanse las recientes incorporaciones de los ya famosos “mexicanos de Aguirre“, de los que tanto se esperó y que tantos disgustos acarrearon, medido todo por la levísima huella que van a dejar en la historia del club), y en tiempos de especial delicadeza económica y deportiva, Jiménez jugó a apostar sobre seguro, según lo que él entendía, y la cartera alcanzaba. Y señaló a Romaric, una aspiración que no era nueva en la ciudad.

Pese a las intenciones iniciales de Sevilla, que pretendía recuperarlo para reforzar el centro del campo, y Espanyol, que había encontrado en él una pieza vital para asentar al equipo, consiguió que recalara a orillas del Ebro.Teniendo en cuenta lo acostumbrados que estábamos a las negativas y desilusiones encadenadas, toda una novedad. Además de los fichajes de ilusión y juventud, el zaragocismo necesitaba, si no figuras mundiales, sí componentes contrastados y juzgados en la liga.

A partir de ahí, el trabajo se ha centrado en espantar el fantasma que siempre ha perseguido a este jugador: la forma física, su condición para participar en los encuentros al cien por cien, superar las molestias que suelen acompañarlo y el conseguir no sólo una amplia participación en el centro del campo, sino alguna internada hacia la portería contraria. Que buena falta nos va haciendo.

De momento, demasiado porcentaje del partido lo vemos sufrir para mover ese corpachón con soltura, pero promete estar mejorando y a punto de alcanzar el punto óptimo (en unas semanas se ve en condiciones de espantar los suspiros y bufidos de la grada).

Y ahí seguimos. Si Romaric es capaz de acallar las malas lenguas que desde el Sur apuntan a su mala cabeza a la hora de prepararse físicamente, y Apoño despierta del letargo en el que se ha sumido durante los últimos partidos, sumado al buen hacer de José Mari y la experiencia de Movilla, tendremos un centro del campo más que sólido, y podremos, una vez aseguradas las dos líneas de atrás, volcarnos algo más en ataque durante todo el partido. Oportunidades para que Montañés, Oriol, Álamo, Wílchez, o incluso Babovic, demuestren a la afición para y por qué han venido a Zaragoza.

Apresúrate, Christian. Que no estamos para siestas.

Lloverán patadas

Un Real Zaragoza que, como bien dice Apoño, no ha sido humillado por los contrarios, pero que empieza a despertar los fantasmas que han perseguido al equipo durante los últimos años. Por lo tanto, un grupo que necesita revitalizar su imagen, muy en especial de cara a la grada propia, que no ha visto siquiera un lucimiento efectivo durante los partidos que llevamos de liga.

Lo que hace cuatro partidos era una juventud que bien orientada podría revertir en frescura y pillerías (y, qué narices, un posible figurín por descubrir -remember Villa-) ya salía de la boca de muchos aficionados transmutado en quejas porque, a ver, cómo se puede ir fichando en Segunda, ¡en Segunda B! Todo un Zaragoza.

Lo que, hay que ser objetivos, no deja de ser una pataleta por no querer aceptar la situación real en la que nos vemos inmersos. Pasará un tiempo antes de que las esperanzas del entrenador en convertirnos en un equipo por el que los jugadores punteros dejen de escuchar otras ofertas cuajen y se conviertan en una realidad palpable. Gruñir porque la casa no está hecha cuando sólo se han puesto algunos ladrillos es un sinsentido, creo yo.

Pero a lo que íbamos: un Jiménez que nos indica que va a ser “un partido para hombres”. Nadie necesita traducción para esa frase: lloverán patadas. Se busca que el conjunto no pierda, a sangre y fuego, marcando con el culo y de rebote si es menester, contra el rival clásico de los últimos tiempos: el Osasuna de Pamplona. Que, por cierto, tampoco está para bailes. Algunas de sus figuras no aparecerán en el césped, por lo que un equipo ya acostumbrado a mostrar a sus seguidores un estilismo bronco y áspero se amarrará más, en caso de ser posible, a esa certeza, y responderá de tú a tú al equipo casero. Ya lo reafirma Mendilíbar, por su parte: “va a ser un partido peleado”. Esto, en boca de un entrenador osasunista, y dirigido a su afición, no necesita de una traducción especialmente compleja. Que sí, que lloverán patadas. Lo hemos cogido.

Los dos con una sola intención: salir del pozo. Uno en el que se encuentran situados a corta distancia, sólo dos puntos. Sí, es cierto que la moral de los rojillos puede estar algo tocada debido a la sentencia que llevan escrita sobre su camiseta, haciendo juego con el color: farolillo. Pero no es menos real que, con una victoria, sobrepasarían al Real Zaragoza en puntos, y nos dejarían, puede ser, ese mismo sambenito, sumado al de no haber podido demostrar a la parroquia lo que valemos, y para colmo aumentar los murmullos de ésta.

Por el contrario, una victoria de los blanquillos sería el paso adelante que todos necesitamos a estas alturas para recuperar el aliento y la esperanza por este equipo, que no puede permitir comenzar una vez más la competición relegándose pasivamente a los últimos puestos de la clasificación, condenándose a un nuevo (y ya sería mucho confiarse) milagro invernal. De paso, y no es baladí, hundiendo un poco más en todos los sentidos a este enemigo-de-toda-la-vida, rival directo para las aspiraciones de permanencia.

De modo que ya sabéis, chicos: hay que vencer o ganar.

Hielo en llamas

Dentro de unos años, cuando en tertulias de bar volvamos la vista atrás y pongamos en nuestras balanzas particulares a los jugadores de esta época, no sé qué será de él, dónde lo situarán los gritos de unos y otros.

Helder Postiga es un jugador muy poco mediático. El portugués, de gesto desconfiado y tranquilo por naturaleza, no es un surtidor alocado y fortuito de declaraciones; ni un figurín para las carpetas adolescentes, ni un mazacote que se imponga en las áreas simplemente arrastrando su sombra sobre ellas; tampoco se caracteriza por ser un delantero bronco, con una carga continua de faltas que desangren periódicamente al equipo.

Hielo en llamas   fotografía

El único aspecto que podría destacar a ciegas sobre él para esos debates de Ámbar en mano es su capacidad para dejarse llevar por el ansia del gol, y caer así en innumerables fueras de juego. Algo que puede desesperar a muchos seguidores, pero no deja de ser un gesto que denota hambre. Y hambre, amigos, es algo que el Real Zaragoza necesita (y valga el triste juego de palabras) como el comer.

Porque gol sí que tiene. Sin duda. Sus cifras son calladas, pero van llegando, y se ha demostrado como una ficha insustituible en la delantera blanquilla. Eso, sin ser un delantero centro puro, lo que siempre lo trae de cabeza en sus movimientos afuera y adentro, en busca de ese balón que depositar a la espalda del portero contrario. Luchando una y otra vez con las moles que el contrario sitúa para desplazarlo de su obsesión.

Y posee, asimismo, un carácter para afrontar esta fase de su juego que evita cualquier comparación con términos mediterráneos, buscando la justificación de la geografía para tildar a un delantero de un modo fácil y rápido. Recordando los primeros partidos, tengo presente a un conocido que, viéndolo encarar, sereno como él solo, para puntear con velocidad letal la salida del portero, se giró hacia mí y me comentó, como de pasada: “será portugués, pero parece ruso: qué frío es”.

Y es así, pienso ahora. Tenemos un eslavo escondido tras un jugador atlántico que llegó sin grandes aspavientos y ahora forma parte de los tres jugadores clave del equipo. Que se mueve una y otra vez persiguiendo a un balón que se le niega con insistencia, y viéndolo trotar sabes que no va a ceder. Que seguirá husmeando por el área hasta que, por fin, le llegará algún balón dividido, un rebote, un (ay) buen pase entre líneas. Y, bueno, si lo que le llega es un melón lejano, tampoco hay que preocuparse. Sabemos que, como mínimo, tratará de hacerse hueco en los telediarios con el gol de la jornada. Estética desesperada que cuando funciona, funciona pero bien.

Dice la prensa que llega calentito de la selección lusa. Eso es bueno. Queremos que el hielo también prenda en la Romareda, y que sea cuanto antes.

El garrote de Damocles

El vecino ha dejado de gritar, y eso siempre es una bendición. Hace un rato que ha concluido el partido de vuelta de la Supercopa, y los petardos y algún bocinazo solitario han dado paso, poco a poco, a un silencio cómodo. El calor comienza a diluirse y es buen momento para buscar refugio en la red antes de entregarse al sueño.

Error. De novato, y de iluso. Todo se encuentra avasallado por el post-partido, y no hay red social que no luzca los galones más estúpidos de estos encuentros. Quites y embestidas mil veces releídas y escuchadas vuelven a invadir la pantalla, y ni siquiera llegan a molestar por su contenido. Es una cuestión de aburrimiento, de pereza, esa sobremesa sin siesta en la que te plantas ante el televisor y lo mejor que puedes encontrar -y ya es decir- es, madre mía, de nuevo Pretty Woman.

Pero nadie está libre de pecado, y no veo piedras por aquí, de modo que aprovecho las sensaciones balompédicas para dejarme llevar hacia el escudo propio.

El Real Zaragoza inicia otra campaña en Primera División. Milagrosamente, podrán afirmar algunos, los que todavía no lucen una medallita de San Manolo. Puede ser, pero ahí está. Y con él, el zaragocismo, tribu escéptica  y rocosa que ansía ser engañada como principal paradoja existencial. Que la mimen, aunque sólo sea con promesas vacías, para al menos disfrutar de un momento de esperanza antes del siguiente garrotazo. Que siempre llega. Aunque ahora, por lo menos, nos llevamos por delante el saber que no será culpa del entrenador. No es poca cosa.

Ahora nos encontramos en un equilibrio complejo, mientras contemplamos las luces y los cohetes de esa otra liga -tan cerca, tan lejos-, entretenida en trofeos introductorios. Habitual en este equipo. Nos hemos cargado de jóvenes con posibilidades, con mucho que ganar. Y eso ilusiona a la parroquia. La posibilidad de un diamante en bruto siempre está ahí, y es éste un equipo donde no es un hecho inusual. Pero, ay, esa copa de vino joven requiere un maridaje fuerte. Esas posiciones clave que deberían haber sido reforzadas con jugadores de carácter y experiencia han quedado abandonadas a su suerte, la voz de Manolo está siendo desatendida, y los jóvenes reclutas carecen de sargentos que los lleven sanos y salvos hasta las trincheras del próximo verano.

Y, pese a la llegada de Babovic (que, pese a las buenas referencias de compatriotas y la solera razonable que se presupone a los apellidos con esa rima, es una incógnita), da la sensación de que necesitamos un par de apariciones más. Una, como escandaloso mínimo. Tres, como recurso razonable, y conociendo la situación de necesidad en que nos encontramos. Que, hasta ahora, no ha sido mal gestionada, eso lo reconozco.

Hasta ahora los jóvenes están salvando razonablemente los muebles sin haber transcurrido jornadas ni tiempo para hacer cálculos correctos, y sabiendo que estamos inmersos en una competición con las raíces podridas. Pero todos sabemos que necesitamos algo más si no queremos volver, como decíamos antes, a nuestro estado natural: el garrotazo.

Veremos.

El cuento de nunca acabar

Necesito un traductor de agapitense. Por favor. De verdad. Pago lo que sea.

A estas horas, en que se dice, se comenta, que la firma está cercana; en que las reuniones entre representantes dan sus frutos, espero que este artículo no sea sino una queja inane, sin reflejo en lo que nos depara el futuro. Porque, de verdad, no entiendo nada.

Agapito entró en el Zaragoza como un huracán. De justos es reconocerle que sus primeros pasos levantaron el ánimo y las esperanzas de la afición, que creyeron (creímos) poder reverdecer laureles con un teatro del que no conocíamos toda la trama. Y no fue comedia, que acabó en tragedia. Vale. Lo acepto, es algo que puede ocurrir. Un equipo descompensado, no tan bien planeado como pareció en un primer momento, un tanto de mala suerte, tralarí. Agua pasada, amargamente tragada.

Desde entonces, la barrena de Agapito lo sitúa en la historia negra del fútbol español. En un club con mayor repercusión mediática, su cara sería tan conocida como la de Cristiano Ronaldo, pero con perenne barba de un par de días. No es necesario, para cualquier zaragocista, hacer un repaso de todos los hechos, sobre todo porque duele. Y todo había llegado a su punto más oscuro a mediados de esta temporada, en la que a muchos no nos temblaba la voz al hablar de desaparición o refundación en las conversaciones con amigos.

Y de repente: hop. Jiménez. Que saca al equipo del pozo, partido a partido, con una demostración de pundonor y trabajo como no estábamos acostumbrados a ver. O habíamos olvidado. Convirtiendo a un equipo de retales en un equipo de Liga de Campeones en la segunda vuelta. Y ese entrenador, entregado a una afición, pone unos requisitos sencillos y coherentes a su permanencia, sin pretender apretar el bolsillo agujereado de la entidad. Con lo que Agapito lo tenía casi todo: apartarse de los focos (y los pitos), además de la responsabilidad deportiva; a la afición entregada a un símbolo nuevo y esperanzador; posibilidades reales de rehacer al equipo sin estridencias ni alegrías excesivas para las que no disponemos de un real…

… y se pone a jugar al escondite. Una vez más, a hacer de trilero de las negociaciones, a anteponer su ego al equipo, a tirar a la basura todas las posibilidades que le ofrecía un fichaje públicamente aceptado, que tenía en la mano…

… de verdad, no entiendo nada.

Todo a una carta

Las tres de la madrugada. Sea por el calor inusual de estos días (ya está el ventilador situado tras el ordenador, preparado para conseguir que este cascajo supere otro verano más con vida), o bien por la situación que espanta hoy los sueños de cualquier zaragocista, quién lo sabe.

El centro de mis desvelos inminentes se sitúa, precisamente, en el tradicionalmente considerado centro geográfico de la Península Ibérica, hacia donde se han dirigido, o dirigirán durante el día de mañana (hoy), miles de seguidores del Real Zaragoza a prestar su aliento al equipo, que se apresta para combatir en su última y más importante batalla. Esa gente, que son el verdadero Zaragoza, son los que van a sufrir y disfrutar el partido más importante (ahora sí que sí) de la temporada. El partido de Getafe, lo llamarán en los fascículos sobre el Real Zaragoza que aparezcan en los coleccionables de los periódicos aragoneses del 2020 en adelante. Esto puede ser algo como una especie de renovación de la promoción contra el Murcia de hace dos décadas largas. Al tiempo.

Y, para un combate que promete teñirse de épico en nuestro recuerdo durante mucho tiempo, qué mejor que un espacio cuyo nombre empieza por Coliseum, un sustantivo con ecos de gladiadores, fieras y sangre. Para un partido que acabará siendo mítico, sin importar el destino que nos depare, no está mal como complemento subconsciente. Especialmente desde que afición y equipo se encuentran conjurados como pocas veces se ha visto para salir de este mal paso; y nos vemos revueltos, de forma simultánea, desde hace unas semanas en las broncas nacidas de los nervios que recorren el fútbol español, sobre todo procedentes de Granada (que esperaban, por alguna razón, un final de liga un poco más tranquilo).

Más prosaico y cercano al deporte es el nombre que lo acompaña: Alfonso Pérez, aquel genial jugador de los noventa y principios del nuevo siglo que recaló en Madrid, Betis y Barcelona. Nacido en Getafe, razón por la cual el estadio luce su nombre, eso sí.

Allí va a ser donde nos lo vamos a jugar todo. A una sola carta. El que gana, se lleva el premio, y además: sí se puede.

Cualquier otra opción es algo con lo que no hay que jugar, porque hasta que pita el árbitro, todo es toro. Y para que éste no nos pille, tenemos que correr más que los demás.

Tan cerca, tan lejos

A finales del siglo XIX Luis Amadeo de Saboya, un príncipe italiano (bueno, nacido en Madrid, que su padre fue rey de España un rato) se encontraba en Alaska. Dado que había salido montañero y explorador, andaba subiendo montañas, claro. Con la expedición de la que formaba parte se ascendió por primera vez al monte San Elías para catalogarlo geológicamente. Un bicho de cinco mil quinientos metros a bota limpia, ningún chiste. Ya no hacen nobles como los de antes, podríamos añadir.

Quiso la vida que, encontrándose frente a un enorme glaciar, todos los componentes vieron algo realmente sorprendente: ante ellos, flotando sobre el hielo en la falda de una montaña virgen, y envuelta en una bruma fantasmal, se desplegaba una ciudad. Una ciudad occidental, probablemente europea. Con sus tejados, sus chimeneas, paseos arbolados, señores con mostacho y sombrero hongo…, el paquete completo.

Tan cerca, tan lejos   fotografía

Hoy en día todavía se conoce como “la ciudad silenciosa de Alaska”, y se cree que consiste en un curiosísimo espejismo, que refleja una ciudad europea a esa enorme distancia (cuatro mil quinientos kilómetros cogiendo el atajo del Polo Norte). Y se puede ver anualmente, de lo que se deduce que no abusaron del alcohol de quemar para pasar el rato. De qué ciudad se trata, hay versiones, y no comentaré las fechas en que aparece para que el lector no se sienta observado (nunca se sabe). Pero no es lo que nos importa, sino el hecho en sí.

El Real Zaragoza se encuentra, hoy mismo, en una situación similar a la de ese príncipe sorprendido y con la barba helada, quitándose los guantes para poder frotarse los ojos y entender qué narices tenía ante él.

El equipo se encuentra frente a una situación que parece imposible, impensable, improbable… pero, aparentemente, al alcance de la mano. Con combinaciones que requieren de carambolas complejas… pero asequibles. Con la mayor dificultad naciendo de que el Zaragoza debe vencer dos partidos más de forma consecutiva. Pero con unos jugadores y una afición dispuestos a luchar hasta el último aliento, unidos por un mismo grito que estremece, por fin, la Romareda.

No dependemos de intrincados juegos en los que densidades de la atmósfera o refracciones lumínicas nos acerquen el objetivo, o lo hagan desvanecerse, sino del corazón y las piernas de unos hombres que, pase lo que pase, han acabado demostrando que si se sabía dónde picar se podía encontrar oro. Jugadores que, creyendo en la épica, advierten el aliento de toda una afición tras ellos. Ya no estamos viendo una ciudad apagada, entre la niebla, mirando al Zaragoza con lástima.

Es una ciudad detrás de un equipo que sabe que sí se puede. Y esta ciudad que vemos ahora, por suerte, es tan sólida como la afición que la sostiene.

Choque de leones

En estos andares de últimas jornadas, tres, nada menos, y disuelto el embrollo mediático nacional por la eliminación de los dos millonarios peloteros en la máxima competición europea, a la par que bastante definida la desembocadura de la liga, vuelve a ponerse el foco de la no muy bien denominada emoción (no en esta liga, que ya no llega a escocesa ni en los más hipócritas de los micrófonos) en el lugar donde ya estuvo unas cuantas jornadas: el descenso.

El aspecto positivo es que durante tanto tiempo, este año, ha sido un mal muy posible para tantos equipos, que los que nos arrastramos por el lodo somos, quizá, menos olvidados que en otras ocasiones. Debemos todo el pan, pero aún nos queda algo de circo. Albricias.

Y no está para bromas, la situación. Un Villarreal que quiere despegar, pero no puede, dejando la distancia (enorme, aunque parezca que podemos acariciarla con los dedos debido a una ilusión óptica) a la vista de los perseguidores; un cebo estupendo que en el submarino temen que pueda despertar a los tiburones que lo siguen. Que, flacos y desesperados, tienen la posibilidad de darles un buen mordisco antes de llegar a puerto.

Un Granada que ya desaparece en la lejanía, agitando un pañuelo blanco, con el que de vez en cuando se seca la frente que tan mal lo ha pasado.

Un Levante que lucha por anclarse a Europa, ese lugar mítico (qué recuerdos) donde ha descansado durante casi toda la competición, y que resultará uno de los jueces de estos estertores deportivos (y sociales, y económicos).

Un Racing, en fin, que ayer se despidió de la Primera División (que le ponga una marca corporativa a eso quien cobre por ello), y llegará a la Romareda no se sabe si con ansias de demostrar lo que pudo ser, y no fue, o con los brazos caídos y el gesto cansado del que sólo quiere que todo acabe cuanto antes.

Un Sporting que, de forma sorprendente, ha pegado un arreón espléndido, y no sólo se ha colocado como el aspirante más viable a la salvación (dentro de nuestra mediocridad), sino que parece que el fútbol tontuno (o directo, como se prefiera) de Clemente está cuajando. Cosas del Cantábrico.

Y, por fin, nosotros. Un Real Zaragoza que se agarra a la estadística favorable en los últimos encuentros con el Athletic para poder seguir soñando. Obviando con todas nuestras fuerzas que ni ese Athletic es el de antes, ni nos encontramos en una situación cómoda para afrontar este tipo de partidos, y menos, insistimos, contra una estrellita en ciernes. Que hemos visto pasar a los de Gijón como un rayo a nuestro lado y mañana tenemos la eterna última oportunidad de coger el clavo ardiendo y hacerlo nuestro. Y también a nuestros jugadores dar rienda suelta a los nervios en los entrenamientos, algo que unos dicen que es bueno y otros un sello de defunción.

A las cuatro lo veremos. Lucha de fieras en la Romareda. No queda sino ganar.

Dicen

Dicen de las primas, que ya llevan un tiempo de aquí para allá.

Dicen que es un partido para duros, porque somos los dos equipos que más leña repartimos (o, si uno lleva mucho tiempo viendo partidos en nuestra liga y está acostumbrado a sus más que curiosos baremos de los señores del pito flojo, podría entenderse más bien “a los que más pitan”, que no tiene por qué ser necesariamente la misma cosa, ni mucho menos).

Dicen que el equipo, en cuanto se encuentra cómodo con una alineación, sufre cambios y hay que reconstruir a la desesperada, convirtiendo la capacidad en necesidad.

Dicen que un comité de competición no nos perdona una tarjeta, aun siendo justa la anulación, ni aunque San Guardiola baje del cielo entre trompetas para solicitarlo.

Dicen, eso sí, que parece que se nos está despertando una cualidad con la que hasta ahora no contábamos: aparecen individualidades inesperadas que aportan mucho en distintos partidos, alternándose entre ellas para cambiarnos la cara. Y esto, ya que carecemos de un bloque espectacular que mantenga el tipo constante y por las nubes, no está nada mal.

También dicen que estamos pagando el mal karma heredado de una presidencia difusa y malquerida.

Y dicen que Jiménez ya conoce algunos rudimentos de la jota. Sólo por si las moscas.

Se dice mucho, y a menudo por el mero gusto de decir.

Dicen   fotografíaPero lo que sí hay que decir, y de lo que todos somos conscientes, es de que la tensión para este partido es máxima. Se acabaron las oportunidades y los juegos malabares, las llamadas a las matemáticas y la confianza de que, bueno, todavía queda mucho camino por recorrer. Ese clavo ardiendo ya se ha consumido, y una vez conseguido el acercamiento in extremis a los que marcan el descenso* sólo nos queda luchar con uñas y dientes, pero sobre todo con cabeza, con el fin de alargar una semana más la esperanza del zaragocismo. La sensación es de que los tenemos ahí, casi al alcance de la mano. Como dice el vecino: sí, se puede.

Nosotros lo sabemos.

Esperamos que los jugadores también. Y que lo demuestren el sábado en el campo.

_____________________________________________

*(Descenso: mejor con mayúsculas, que ahora más que nunca puede acarrear situaciones dolorosas a más no poder)