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Arriba y abajo

Arriba y abajo   fotografíaDe nuevo en la montaña rusa. Eso sí, en la última bajada, la grande. Con más vértigo que nunca, y abajo un señor esperándonos para liberarnos el cinturón y enviarnos, puede ser, a las atracciones infantiles, que para esto igual no damos la talla.

Volvía yo de Madrid con esa cara de haber perdido cualquier posibilidad contra el Barça porque, por un lado, son muy buenos…, y un poquito por lo de siempre, que la tradición es la tradición. Me refiero al césped, que estaba muy largo. Ya saben. La maldad del jardinero y su influencia en el desarrollo de los partidos, porque otra cosa extraña ningún barcelonista habrá visto. Suerte tuvimos de que no denunciaran al pobre hombre durante el partido y el árbitro, manso, obediente, le impusiera doce partidos sin regar para recibir su palmadita aprobatoria.

Pero, en fin, pese a todo quedaba una sensación que sí resultaba novedosa. El Real Zaragoza, encajando un abultado -y engañoso- marcador, también había mostrado una cima de esfuerzo y honradez en el juego, manchado de pinceladas de calidad, que, con la vista puesta en lo que resta de liga, a muchos casi nos sentó mejor que haber sacado un empate. Así sí. Así, sí.

Y mirábamos la clasificación, y el calendario, comentando los enfrentamientos que teníamos en el camino, y con ese partido en la retina, todo nos parecía posible. Imaginábamos a unos seguidores del Villarreal y Granada temblorosos y desconfiados al escuchar los pasos de un león no sólo rampante, sino creciente, a su espalda. Nos sentíamos vivos.

Pero ay amigos. Llegó Sevilla. Comenzamos el partido sabiendo que el Submarino Amarillo había hecho su machada en diez segundos muy puñeteros para nuestros intereses (hay que fastidiarse con el Málaga). Y los jugadores salieron… no se sabe bien cómo salieron. Pero, desde luego, si era el mismo equipo que había puesto contra las cuerdas, siquiera durante un rato, al todopoderoso Barcelona, no lo parecía.

Arriba y abajo   fotografía

Flojos, desorientados, patosos (lo de algún defensa que no vamos a mencionar es como para replantearse muchas, muchas cosas), sin ambición, y cuando no debíamos, para colmo, chupones (ay, Postiga). Un juguete roto en manos de un Sevilla activo y vibrante que, al menos, nos hizo el favor de relajarse durante la segunda parte.

Y así nos vemos de nuevo, por enésima vez en la temporada. Haciendo cuentas, sustituyendo al Villarreal por el Granada en nuestras quinielas desesperadas, y preparados, antes de poder descansar de este desastre, para un partido que llega en apenas tres días. ¿Y contra quién? Contra el Granada, claro. Que no decaiga.

Déjà vu para el sí, se puede

La última vez que ganamos al Barça yo estaba sentado en un bar de una pequeña ciudad dormitorio de las que rodean Madrid. Llovía, había muy poca gente en el bar en el que me encontraba, y sólo los camareros atendían al desarrollo del juego con cierto interés. Han pasado unos cuantos años, y jugaba un tal Diego Milito, que marcó un gol sin apenas ángulo que hizo que saltara de la silla y reprodujera un pequeño baile vergonzoso casi sobre ella. Era aquél un Zaragoza distinto.

Sólo diré que me puse tan nervioso, que trasegué cerveza sin medida durante la duración del partido. Tanta, que al concluir los camareros me regalaron una camiseta, y me la llevé puesta sobre la propia, haciendo publicidad de una conocida marca irlandesa mientras tropezaba conmigo mismo por las escaleras que me devolvían a la casa de mis familiares políticos, y no podía borrar la sonrisa idiota de felicidad de mi cara. Ni cuando recibí la natural reprimenda por aparecer así en casa ajena, que estamos de visita, por dios.

Y ahora salgo de camino a esa misma ciudad dormitorio, a pasar estos días como aquella vez. Se esperan lluvias a porrillo, no habrá mucha gente en el bar, y llego con la ilusión tímida que invade al zaragocismo después de los últimos partidos, que han cargado de esperanza la mochila de la afición. Una vez más.

No es que sea especialmente supersticioso, pero vayan preparando el barril, señores. El escenario es importante, y nunca, nunca se sabe.

Si ha de ser, que sea en el Molinón

Para lo bueno o para lo malo, sería estupendo que el partido de este sábado fuera clave para el devenir del club. La piedra angular de la permanencia, o el soplo definitivo que remate la esperanza de los seguidores, que de ese modo nos centraríamos totalmente en esperar una solución para la gestión del club y en conocer qué va a ser de los retazos del león.

No es cuestión de ser agoreros, conste. Pero este vaivén de sentirse esperanzado y desahuciado cada tres o cuatro semanas, con el tiempo, hace callo; y la bicha se menta sin que le tiemblen a uno las piernas.

Si ha de ser, que sea en el Molinón   fotografíaA lo que iba: El Molinón es un estadio histórico. Con una afición no de diez, sino de quince. Gente que apoya a un equipo sin títulos porque es el suyo, y no se sienten menos importantes por no tener un puñetero museo para presumir de copas. Dentro y fuera de casa. Vayan bien o mal. Que es capaz de generar un clima devastador en los partidos en los que se juega algo. Y sí, lo sé, en horas bajas. Pero a ver quién no, a estas alturas.

Todo un espejo en el que mirarnos, a menudo, como seguidores zaragocistas. Para nosotros quisiera, a veces, la calentura en la sangre que lucen en Gijón.

Y por eso, si las cosas nos vienen de cara, querría un marco como ése, aunque fuera dañando a un amigo. Pero ya nadie se llama a engaño respecto a ese punto para lo que resta de liga, y no es cuestión de ir luciendo poses hipócritas que no engañan a nadie…

A nuestro favor, y siento contradecir a Paco Ortiz Remacha: que ahora mismo, que es cuando toca juzgar la cuestión, Jiménez es mucho mejor entrenador que Clemente, que anda sobrado de herramientas para pulir frases demagógicas en la sala de prensa, pero lleva mucho sin demostrar nada especial con los conjuntos que ha dirigido. Y el andaluz merece un buen empujón de la suerte, después de haber aguantado carros y carretas a pie firme, levantando el orgullo del zaragocismo empleando trabajo y cordura a partes iguales.

Si se va a producir un milagro como ése, que el primer chispazo se produzca este fin de semana. Levantarnos el lunes para ir a trabajar a tres puntos de la superficie sería todo un sueño que alargaría un poco más esta sensación de no tener claro qué está pasando, pero que dure. Por favor, que dure unas semanas más.
En la otra cara de la moneda, lo dicho: si no nos hemos de salvar nosotros, que lo haga el Sporting. Nada me gustaría más.

Bajito, moreno, y con mala hostia

La verdad es que el fichaje -cesión- no me gustó. Ni un pelo. El recuerdo más nítido que tenía era el de un pequeño broncas, en un Málaga menor, comparado con lo que tenemos hoy enfrente; un jugador acostumbrado a liderar al equipo, sí, con carácter, raza, huevina, todos los adjetivos costumbristas. Especialmente, cuando se trataba de liarla. No era raro ver uno de sus enfrentamientos, frente a frente, con un rival, aprovechando para equilibrar el pique la ayuda de sus rasgos de granito y esa barba que se escucha crecer mientras el partido se despliega. Bajito, moreno, y con mala hostia.

Bajito, moreno, y con mala hostia   fotografíaY está claro que ése es un tipo de jugador que siempre tiene el favor de buena parte de la grada. Luchadores, corajudos, elementos que acaben con el tedio de un partido a base de… bueno, de liarla. Lo dicho.

Pero yo esperaba en ese momento algo más a un conejo blanco, dentro de lo que se puede extraer de nuestra pequeña chistera de mago venido a menos. Algo como el Chupete, pero para el centro del campo, para que nos entendamos. Alguien que busque conseguir la notoriedad que se le niega en otra parte. Simplemente con hambre de hacerse ver, por fin, en una liga con tantas cámaras. Pero que funcionara: una figura, digamos, que se hiciera con el campo y la afición y nos sacara del torpor de tantas tardes de derrota. Que fuera tremendamente efectivo en lo suyo y personalizara en sí mismo el éxito de una salvación, despertando con sus acciones a los zombis en los que se han convertido muchas tardes nuestros jugadores. Una vez más.

Pero llegó Apoño. Y otros, sí, pero mi deseado conejo blanco se quedó en algún lugar desconocido, y lo que ves es lo que hay, amigo. Los resultados no mejoraron, y vimos de cerca el fondo del pozo. Tanto, que ya ni siquiera parecía quedarnos como opción la astilla de las matemáticas para justificar el acudir semana tras semana al encuentro con el Real Zaragoza.

Pero ahora que, por dejadez de los rivales en la lucha más emocionante de esta liga, digan lo que digan los telediarios, que es la del descenso, el equipo ha dado algún zarpazo suelto que lo ha aupado cerca de la superficie, que casi vemos la luz…, me sorprendo a mí mismo, especialmente en actuaciones como la de Valencia, diciéndome que, al fin y al cabo, cuando la cuerda está tan tensa, no está de más que haya alguien que aporte ese plus de… garra, eso era. Nervio y tensión que permitan que un equipo defenestrado, al menos, mantenga la cabeza más alta que la cintura durante el mayor tiempo posible.

Apoño, de momento, es el que lo está consiguiendo, con alguno más que se suma a su estela. Bien vale que el zaragocismo se lo reconozca, aunque sea hasta el domingo. De momento, y para superar el tembleque habitual, ya va diciendo que ganando, ¡ganando!, estamos en la lucha. Ésa es la actitud. Bien por él.