Archivo de categorías: La salida del túnel

La llama no se extingue

Nos estamos acostumbrando a la supervivencia, a soportar las adversidades como algo común en nuestras vidas. El fútbol ha cambiado, para peor, y somos víctimas de esta transformación. La televisión marca nuestras vidas, transforma nuestras costumbres, determina el signo de los clubes y marca sus presupuestos. Todo en beneficio de unos pocos que se aprovechan de la necesidad que tenemos de compartir una pasión, una ilusión, que maquille la realidad de nuestras vidas en un mundo decadente y cuya civilización está en crisis.

Insisto en que la salvación está muy cara y que dependemos de los demás. Que este arreón final es muy estimulante pero no es fácil aguantar el ritmo y la fortuna como aliada. ¿Cómo veremos las cosas dentro de quince días si perdemos contra el Barcelona y el Sevilla? Pero tenemos que extraer consecuencias muy positivas porque se ha demostrado que la afición siempre está al lado del Real Zaragoza. Aprovecha cualquier resquicio para animar, apoyar y mostrarse favorable al esfuerzo de quienes buscan la victoria sobre el terreno de juego. La llama no se extingue, aunque apenas se vea entre las cenizas. Y las voces tampoco se callan, especialmente para elevar el sonido de la esperanza en el cambio. Sin perjudicar al entrenador y a sus hombres cuando claman por la salida del máximo accionista porque su aliento se entrega amistoso y cordial con la plantilla.

Lo hemos sentido estos últimos días, con un viaje a Gijón lleno de entusiasmo por los afortunados que tuvieron la ocasión de viajar al Molinón. Eran los representantes de miles de zaragocistas, la avanzadilla de los que estuvieron al lado del transistor, con la televisión delante de sus ojos, compartiendo con sus más cercanos la batalla del sábado. El gol de Lafita en los estertores del partido, el abrazo de los jugadores al saber que se llevaban los tres puntos a Zaragoza, la alegría que escuchaba a través del móvil de “El Lince” cuando le entrevista en el autocar al filo de las nueve de la noche, merecen la pena disfrutarlos.

Por eso, nos hemos hecho acreedores a disfrutar de estos momentos. Que hace unos años nos parecerían baldíos e insignificantes, sin motivos para el orgullo. Pero somos hijos de nuestro tiempo y nos ha tocado vivir una época donde, o resistimos hasta vencer, o sucumbimos e el intento.

Es imposible conocer el futuro de un club que solamente vive el presente

Son muchas las informaciones, filtraciones y rumores interesados que se están vertiendo sobre la opinión pública zaragocista. El club es un volcán y la apariencia sosegada y tranquila del máximo accionista invita a la reflexión. En los momentos más delicados de los últimos años, con lo que está ocurriendo dentro y fuera del club, mantiene el tipo como si conociera el desenlace final de esta complicada historia.

No sé si realmente quienes dicen estar interesados en la adquisición del paquete accionarial de Agapito van a terminar comprando el club. Tampoco sé si los intereses son deportivos, económicos o políticos; incluso si el propio Iglesias García podría favorecer una operación donde él estuviera en la sombra con gente de paja supuestamente al frente.

No creo tener capacidad para apostar por la permanencia. Hace un mes parecía imposible y ahora, aunque es muy difícil, las emociones se abren paso a la inteligencia y luchan por cambiar el signo de la opinión general. Mucho se ganaría venciendo en el Molinón, pero después de esta reacción de los tres últimos partidos no es fácil mantener una racha de victorias que, estadísticamente, parece tener fecha de caducidad. El estadio gijonés registrará un lleno y un ambiente memorable y el Sporting necesita un triunfo para no ser superado por un Real Zaragoza que dejaría vencido al equipo asturiano. Es verdad que la presión estará del lado local, pero unos primeros minutos de explosión con la consecución de un gol podrían desanimar a un equipo cuya moral es quebradiza. Apenas se generan ocasiones, los últimos encuentros se han ganado por la heroica y con una carga de fortuna formidable.

Me preocupa Javier Clemente: no es un entrenador que me guste y le veo anticuado, sin raíces en los últimos años tras su salida de la selección española de fútbol. Pero es astuto, capaz de prepararle una trampa mortal al Real Zaragoza. Se desenvuelve bien en el fango, mucho mejor que Jiménez, muy comprometido con el club porque está construyéndose su carrera como técnico y es el único portavoz, el único líder válido del equipo aragonés.

Muchas cosas van a ocurrir desde ahora hasta que termine la temporada y algunas serán sorprendentes. Pero ya nos hemos acostumbrado a vivir sobre el filo de la navaja, a punto de cortarnos las venas y de arrojarnos desesperadamente al vacío. Cosas de un club que se encuentra en estado de shock pero que terminará superando uno de sus episodios más oscuros aunque apenas veamos a nuestro alrededor.

Un pedazo de historia siniestra

Hace algo menos de un año, cuando veníamos de perder en Anoeta un partido clave para terminar la permanencia y Osasuna le daba la vuelta al marcador en un encuentro que tenía perdido, abandoné la habitación del hotel donde había presentado “Tiempo Extra” y me arrodillé en el pasillo levantando los brazos y preguntándole a Dios qué pecado había cometido para tanto sufrimiento. Lógicamente, no recibí respuesta alguna pero, días más tarde, entendí como una señal divina el triunfo del Real Zaragoza en el estadio Ciudad de Valencia. Daba la impresión que todos nuestros pesares habían terminado con una agónica victoria y una permanencia lograda en la última jornada de Liga.

Debo interpretar con escaso acierto los signos celestiales porque lo sufrido desde junio del año pasado no tiene parangón alguno con los padecimientos de los años anteriores. Y, efectivamente, el cuerpo humano es capaz de soportar la crueldad hasta límites insospechados. Porque la que nos está cayendo es de abrigo, con una ferocidad similar a la de un depredador cegado por el olor y el sabor de la sangre de su presa. Hace unos meses contemplé a través de la pequeña pantalla una escena que me impresionó: unos leones hambrientos se habían atrevido a dar caza a un elefante y lo devoraban vivo porque el paquidermo no terminaba de ser derribado y luchaba por su vida. Así está el zaragocismo, con sus carnes mordidas y las vísceras colgando de su cuerpo que soporta la terrible tortura del camino a su desaparición, negándose a caer pese al acoso atroz que soporta. Se aferra con obstinación a un futuro que parpadea pese al descenso, a la quiebra, a la pérdida de su patrimonio humano y económico, al descrédito en todos los escenarios.

La resistencia es heroica pero se necesita de la ayuda de alguien para restañar sus heridas, recuperar el aliento, alimentarse y comenzar a caminar con lentitud para encontrar la senda que nos lleve a la regeneración. Sufro por mi club, por la buena gente que quiere al Real Zaragoza, por el sentimiento que no entiende sexo, edad, cultura y posición económica. Por los años de historia, por las personas que han trabajado para hacerlo grande, por los que han muerto tras vivir con intensidad sus colores. Por no poder acudir a los estadios a transmitir los partidos por las ondas de la radio a causa de la codicia de los dirigentes del fútbol español que se van a cargar este espectáculo. Porque los goles que canto apenas sirven para nada.

Me toca narrar, explicar y compartir un pedazo de historia siniestra. Y aunque estoy seguro que volveremos a competir con dignidad y a recuperar la ilusión, nada será como antes. Hemos descendido a un infierno que no se nos olvidará, aunque se trate de algo provisional, porque el fuego ha quemado también los pliegues de nuestra alma.