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Bienvenidos
al Foso. Desde esta sección trataré de analizar los puntos más candentes de la actualidad zaragocista.
No en vano, el foso tratará de servir de foro de encuentro para aquellos que pretendan acudir a él en busca de una opinión al margen de cualquier interés o vicio editorial.
En esta sección toparás con lo más dulce y picante de la opinión. Una opinión siempre edificante y bien dirigida, pero que no titubeará a la hora de señalar tanto las virtudes como los fallos que acechen al Real Zaragoza.
Os espero en el foso.
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Gracias Dios por el fútbol y por Diego Armando Maradona |
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Mientras el mundo entero dirige su mirada a lo que va a ocurrir esta noche en EEUU, un dios, éste menos engalonado, acaba de ser encumbrado como seleccionador argentino.
La prensa, demasiado embebida en estados y estimaciones republicanas o demócratas, ha pasado de puntillas por el nombramiento de Diego Armando Maradona como presidente del alter ego de la República Argentina; la albiceleste. Bordeando la linde del mayor evento para los fieles maradonianos, la noticia llega a nuestras manos sin haber pasado antes por la sacristía del corazón.
Aquel que mejor supo llevar el diez a la espalda, vuelve con la intención de devolver su nombre al panteón del cual jamás debió salir. Los vicios y virtudes, en el disparadero.
Si Pelé hizo famoso un gol que jamás marcó, “el Diego”, Maradona, hizo un natural del mismo pero metiéndolo en el fondo de la cara. En el arranque de un partido, no atendió siquiera al silbato del árbitro, algo demasiado mundano para él, levantó el balón en el aire y voleó con su antológica zurda al fondo de la red.
Hoy empieza un nuevo partido para Diego. Amado por unos y defenestrado por otros, Maradona fue capaz de encarnar como nadie las seis letras que componen este deporte. Fuera de los terrenos de juego, “el Pelusa”, renunció a la herencia de Mercurio como mensajero de los dioses. Se descalzó las botas aladas con la que le habían obsequiado, y tomó la perniciosa decisión de perderse en unas dantescas sombras chinas para el fin de los tiempos. Sin embargo, su redención llegó como una Asunción y Diego pudo permanentemente aceptar el papel de salvador que le tocó ocupar.
Hoy como aquel día, “el Diego” deberá volver a hacer caso omiso al pitido del árbitro y hacer lo que mejor sabe hacer, entregarse en cuerpo y alma al balón.
De un Diego renacido surgía hace algunos años el mito del nuevo Maradona. Atrás quedaba “el cebollita”, oscurecido fuera de los campos hasta envenenarse como el tarquín.
“El pelusa” se había convertido en un personaje mucho más público y familiar de lo que ya era. De él se esperaban las palabras que nadie se atrevía a decir, el desparpajo de quien ha perdido todo y el orgullo de quien ha sido traicionado. De su boca, el lamento más humano desnudaba un alma llena de arañazos y un corazón desgajado por las drogas.
Para muchos, posiblemente aquellos que vivimos alejados de Argentina, Diego seguirá siendo un artista bohemio con un carácter voluble y maleable, propenso a protagonizar tragedias griegas.
A pesar de ello, siempre que trato de volver a creer en este deporte, miro al Diego que vestía de corto... Sus rápidos desmarques, la agilidad con la que llevaba el balón; ese ovillo de trapos que cosidos a sus pies relamían sus botas en vez de golpearlas.
Lo recuerdo en el Nápoles dibujando en una falta el trazo de un caprichoso Dalí. Lo recuerdo dibujando gambetas como paisajes de Miguel Hernandez. De grana y oro con montera, lanzando capotes en un metro de terreno al más puro estilo de Manolete.
Se me llena el ojo con su erizada melena y sus cortas piernas. La cuchilla lo hiere, como aquel ojo de Buñuel, cuando lo recuerdo acudiendo a los juzgados, marchando fuera del mundial de EEUU…
Pero como al más irreverente de los pecados, no puedo evitar admirarlo por su capacidad de aprehensión. Un carácter, que como digno representante del expresionismo goyesco, le llevó a bailar rivales ingleses al eco de Las Malvinas.
Tras esa asombrosa genialidad se entrevé el más mundano de los fangos, un corazón que marcha con retraso y un desdén por la vida tranquila. Tras esos rizos despeinados, Maradona busca desesperadamente su mejor versión, el pulso de un tango que le devuelva la vida.
Quizás porque el fútbol lo necesita tanto como Diego necesita un balón. O simplemente porque su insultante imperfección y su pasmosa debilidad le hacen ser el único dios que aún no hemos decapitado. Sea como fuere, el fútbol argentino le ha devuelto la enésima oportunidad de ser Maradona. Sea como fuere, el guardián de los sueños ha vuelto para abrazar aquello que jamás le abandonó. Algo que siempre estuvo en su corazón cuando éste quedó vacío a punto de pararse, aquello que jamás le traicionó: la albiceleste.
“Varias veces te llamaron desde el cielo deseosos de ver tu magia, pero tu voluntad, la de quedarte con nosotros para seguir dándonos alegrías… fue más fuerte. Gracias Diego”
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