Rio Arriba




El garrote de Damocles

El vecino ha dejado de gritar, y eso siempre es una bendición. Hace un rato que ha concluido el partido de vuelta de la Supercopa, y los petardos y algún bocinazo solitario han dado paso, poco a poco, a un silencio cómodo. El calor comienza a diluirse y es buen momento para buscar refugio en la red antes de entregarse al sueño.

Error. De novato, y de iluso. Todo se encuentra avasallado por el post-partido, y no hay red social que no luzca los galones más estúpidos de estos encuentros. Quites y embestidas mil veces releídas y escuchadas vuelven a invadir la pantalla, y ni siquiera llegan a molestar por su contenido. Es una cuestión de aburrimiento, de pereza, esa sobremesa sin siesta en la que te plantas ante el televisor y lo mejor que puedes encontrar -y ya es decir- es, madre mía, de nuevo Pretty Woman.

Pero nadie está libre de pecado, y no veo piedras por aquí, de modo que aprovecho las sensaciones balompédicas para dejarme llevar hacia el escudo propio.

El Real Zaragoza inicia otra campaña en Primera División. Milagrosamente, podrán afirmar algunos, los que todavía no lucen una medallita de San Manolo. Puede ser, pero ahí está. Y con él, el zaragocismo, tribu escéptica  y rocosa que ansía ser engañada como principal paradoja existencial. Que la mimen, aunque sólo sea con promesas vacías, para al menos disfrutar de un momento de esperanza antes del siguiente garrotazo. Que siempre llega. Aunque ahora, por lo menos, nos llevamos por delante el saber que no será culpa del entrenador. No es poca cosa.

Ahora nos encontramos en un equilibrio complejo, mientras contemplamos las luces y los cohetes de esa otra liga -tan cerca, tan lejos-, entretenida en trofeos introductorios. Habitual en este equipo. Nos hemos cargado de jóvenes con posibilidades, con mucho que ganar. Y eso ilusiona a la parroquia. La posibilidad de un diamante en bruto siempre está ahí, y es éste un equipo donde no es un hecho inusual. Pero, ay, esa copa de vino joven requiere un maridaje fuerte. Esas posiciones clave que deberían haber sido reforzadas con jugadores de carácter y experiencia han quedado abandonadas a su suerte, la voz de Manolo está siendo desatendida, y los jóvenes reclutas carecen de sargentos que los lleven sanos y salvos hasta las trincheras del próximo verano.

Y, pese a la llegada de Babovic (que, pese a las buenas referencias de compatriotas y la solera razonable que se presupone a los apellidos con esa rima, es una incógnita), da la sensación de que necesitamos un par de apariciones más. Una, como escandaloso mínimo. Tres, como recurso razonable, y conociendo la situación de necesidad en que nos encontramos. Que, hasta ahora, no ha sido mal gestionada, eso lo reconozco.

Hasta ahora los jóvenes están salvando razonablemente los muebles sin haber transcurrido jornadas ni tiempo para hacer cálculos correctos, y sabiendo que estamos inmersos en una competición con las raíces podridas. Pero todos sabemos que necesitamos algo más si no queremos volver, como decíamos antes, a nuestro estado natural: el garrotazo.

Veremos.

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