En corto y al pie




Aranda, Coentrao y la hipérbole del fútbol

¿Cuándo dejó el fútbol de ser noticia? ¿Cuándo pasaron su entorno, sus curiosidades y anécdotas, de considerarse un bonito complemento a ocupar portadas, debates y bits de este mismo espacio? Sí, lo sé. Caigo en mi propia trampa. Prometo en las líneas que preceden a estas hablar de 22 tíos y una pelota de cuero, y la primera opinión que vierto versa sobre cigarrillos, calentamientos y demás historias que no debieran ser protagonistas sino meros satélites que orbiten en torno al balón, las coberturas, las líneas, las follas secas y las tarascadas: el fútbol. ¿Por qué, entonces, empiezo la casa por el tejado? Tal vez porque pretendo colaborar al hartazgo de la masa lectora de este género y que, de tanto hastío, dejen de leer la prensa deportiva.

 El caso es que, en este bendito país nuestro, la noticia del día (y de los días, que casi es más lacerante) en el ámbito futbolístico no ha sido un gol, ni un fichaje, ni nada relacionado con los campos de fútbol. Ha sido un cigarro. Un pequeño y diminuto cúmulo de nicotina. Igual que los que consumían Kluivert, Futre o Rijkaard o de los que consume, hoy en día, Miguel Brito, a la sazón lateral del Valencia. Desde luego, no es un hábito recomendable en un deportista, mucho menos si el alto rendimiento es su modo de vida o si ha de alcanzar la excelencia para justificar, como es el caso, un carísimo traspaso. Pero de ahí a convertirlo en alegre algarada de los debates, en tema del día para vilipendiar o defender a muerte al portugués, según sea el color de la bandera, el abismo es grande.

En la órbita  blanquilla coincide la circunstancia, aunque a escala. El Real Zaragoza convive con una muerte anunciada desde hace semanas, con una mezcla de desesperanza y desazón; rabia y frustración. En estas circunstancias los ánimos están a flor de piel y las suspicacias aumentan exponencialmente. Con el don de la oportunidad, Aranda, en un momento crítico en la historia de un equipo recientemente octogenario, “aprovecha” la coyuntura. El reportaje del Día Después enciende la ya renegrida llama de la indignación maña, inflamando la red y los maltratados corazones zaragocistas. Al día siguiente, Manolo Jiménez acude al rescate y resta importancia al incidente. Contemporizador, lo deja en diez minutos de retraso y la multa de un “tapeo”, como dicen en su tierra. El ex de Osasuna demostró una falta de implicación bastante dolorosa, realidad suficiente para que una afición suficientemente noqueada se indigne. A partir de ahí, es mejor no hacer leña del árbol caído. Se aplica el código interno en lo que esté estipulado y se asume que, a pesar de todo, cuando ha jugado, Aranda ha luchado y peleado dentro de sus posibilidades. No nos engañemos: el Real Zaragoza no está como está porque Aranda llegue diez minutos tarde al vestuario. Eso es sólo un vaso de agua en el océano.

Es la hipérbole del fútbol. Cualquier detalle sirve para llenar telediarios, páginas o minutos de radio, y si se maximiza se convierte en un fenómeno superventas. Modelo Hollywood. Al final, las botas de “CR7″ y las desventuras amorosas de Piqué tienen más valor que el legítimo protagonista: el balón. Afortunadamente, hay quien aún cree que la liga huele a césped, a colegiados con extraño apellido y a domingo por la tarde. A estos rara avis aún nos quedan Vicente Verdú, Martin Girard, Martí Perarnau, Michael Robinson, Rubén Uría…  para leer y disfrutar en este reducto de la soledad. Mientras tanto, se admiten apuestas. ¿Cuál será la próxima noticia del día?

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