En corto y al pie




¿Con qué quedarse?

Recuperados ya de la resaca del partido frente al Fútbol Club Barcelona, el Real Zaragoza vuelve a afrontar una realidad con muchas caras. El jueves Manolo Jiménez vuelve (o no, tras su expulsión) a enfrentarse al equipo de sus amores. De nuevo otro partido en el que sólo nos sirve la victoria, de nuevo al filo del alambre afrontando un imposible más. Sin embargo, pareciese que, lejos del Guadalquivir  no hubiéramos pasado página. La guerra del sábado sigue coleando. Turienzo, la expulsión de Abraham, al contrario que la de Keita o el afortunado cabezazo de Aranda;  el empuje de una afición entregada y el cambio de imagen, Jiménez mediante, siguen en boga.

¿Con qué debemos quedarnos? ¿Cuál es el poso del choque que dejó a unos y otros a 4 puntos de su antagónico objetivo? Podemos elegir entre dos opciones: seguir produciendo bilis por los supuestos errores arbitrales, por la diferencia de los derechos televisivos, las injusticias derivadas de la gestión de la LFP y por ese penalty que pudo entrar y no entró, o podemos henchir el pecho tras ver la Romareda cubierta de bufandas, cantando el himno y animando a un equipo que cae por 1-4, congratulándonos de la lucha y la épica, del fútbol que, por fin, parece que es mínimamente amable en la capital aragonesa.

Personalmente, considero la primera opción estéril y la segunda, al menos, positiva. Sin embargo, yo no optaría por ninguna de las dos. Rebozarnos en las imágenes de una Romareda pletórica o en una mano de un malí del Barça no sirven ahora. Sirve viajar concienciados a Sevilla, que es, en realidad, lo único que existe. Sirve olvidar todo lo acontecido el sábado, porque ya nada se puede sumar, y afrontar la siguiente batalla. No podemos permitirnos seguir pensando en árbitros, en lo que pudo ser y no fue, y sí tratar de empujar, de mantener la ilusión y la cohesión para asaltar el Pizjuán y hacer sentir al Villarreal el aliento aragonés hasta en las entrañas. Dicen que en tenis una gran técnica de concentración es olvidarse de espectadores, líneas e incluso del rival, y mirar sólo la pelota, hasta que seas capaz de ver en la distancia la marca escrita en el pelo amarillo de la bola. Adaptando esa máxima, el Barça ya no existe. Ni Turienzo, ni Keita, ni siquiera la Romareda. Sólo existe el Pizjuán, Míchel, Navas y ese Sevilla al que vamos a ganar.

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