Rio Arriba




Choque de leones

En estos andares de últimas jornadas, tres, nada menos, y disuelto el embrollo mediático nacional por la eliminación de los dos millonarios peloteros en la máxima competición europea, a la par que bastante definida la desembocadura de la liga, vuelve a ponerse el foco de la no muy bien denominada emoción (no en esta liga, que ya no llega a escocesa ni en los más hipócritas de los micrófonos) en el lugar donde ya estuvo unas cuantas jornadas: el descenso.

El aspecto positivo es que durante tanto tiempo, este año, ha sido un mal muy posible para tantos equipos, que los que nos arrastramos por el lodo somos, quizá, menos olvidados que en otras ocasiones. Debemos todo el pan, pero aún nos queda algo de circo. Albricias.

Y no está para bromas, la situación. Un Villarreal que quiere despegar, pero no puede, dejando la distancia (enorme, aunque parezca que podemos acariciarla con los dedos debido a una ilusión óptica) a la vista de los perseguidores; un cebo estupendo que en el submarino temen que pueda despertar a los tiburones que lo siguen. Que, flacos y desesperados, tienen la posibilidad de darles un buen mordisco antes de llegar a puerto.

Un Granada que ya desaparece en la lejanía, agitando un pañuelo blanco, con el que de vez en cuando se seca la frente que tan mal lo ha pasado.

Un Levante que lucha por anclarse a Europa, ese lugar mítico (qué recuerdos) donde ha descansado durante casi toda la competición, y que resultará uno de los jueces de estos estertores deportivos (y sociales, y económicos).

Un Racing, en fin, que ayer se despidió de la Primera División (que le ponga una marca corporativa a eso quien cobre por ello), y llegará a la Romareda no se sabe si con ansias de demostrar lo que pudo ser, y no fue, o con los brazos caídos y el gesto cansado del que sólo quiere que todo acabe cuanto antes.

Un Sporting que, de forma sorprendente, ha pegado un arreón espléndido, y no sólo se ha colocado como el aspirante más viable a la salvación (dentro de nuestra mediocridad), sino que parece que el fútbol tontuno (o directo, como se prefiera) de Clemente está cuajando. Cosas del Cantábrico.

Y, por fin, nosotros. Un Real Zaragoza que se agarra a la estadística favorable en los últimos encuentros con el Athletic para poder seguir soñando. Obviando con todas nuestras fuerzas que ni ese Athletic es el de antes, ni nos encontramos en una situación cómoda para afrontar este tipo de partidos, y menos, insistimos, contra una estrellita en ciernes. Que hemos visto pasar a los de Gijón como un rayo a nuestro lado y mañana tenemos la eterna última oportunidad de coger el clavo ardiendo y hacerlo nuestro. Y también a nuestros jugadores dar rienda suelta a los nervios en los entrenamientos, algo que unos dicen que es bueno y otros un sello de defunción.

A las cuatro lo veremos. Lucha de fieras en la Romareda. No queda sino ganar.

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