Rio Arriba




El cuento de nunca acabar

Necesito un traductor de agapitense. Por favor. De verdad. Pago lo que sea.

A estas horas, en que se dice, se comenta, que la firma está cercana; en que las reuniones entre representantes dan sus frutos, espero que este artículo no sea sino una queja inane, sin reflejo en lo que nos depara el futuro. Porque, de verdad, no entiendo nada.

Agapito entró en el Zaragoza como un huracán. De justos es reconocerle que sus primeros pasos levantaron el ánimo y las esperanzas de la afición, que creyeron (creímos) poder reverdecer laureles con un teatro del que no conocíamos toda la trama. Y no fue comedia, que acabó en tragedia. Vale. Lo acepto, es algo que puede ocurrir. Un equipo descompensado, no tan bien planeado como pareció en un primer momento, un tanto de mala suerte, tralarí. Agua pasada, amargamente tragada.

Desde entonces, la barrena de Agapito lo sitúa en la historia negra del fútbol español. En un club con mayor repercusión mediática, su cara sería tan conocida como la de Cristiano Ronaldo, pero con perenne barba de un par de días. No es necesario, para cualquier zaragocista, hacer un repaso de todos los hechos, sobre todo porque duele. Y todo había llegado a su punto más oscuro a mediados de esta temporada, en la que a muchos no nos temblaba la voz al hablar de desaparición o refundación en las conversaciones con amigos.

Y de repente: hop. Jiménez. Que saca al equipo del pozo, partido a partido, con una demostración de pundonor y trabajo como no estábamos acostumbrados a ver. O habíamos olvidado. Convirtiendo a un equipo de retales en un equipo de Liga de Campeones en la segunda vuelta. Y ese entrenador, entregado a una afición, pone unos requisitos sencillos y coherentes a su permanencia, sin pretender apretar el bolsillo agujereado de la entidad. Con lo que Agapito lo tenía casi todo: apartarse de los focos (y los pitos), además de la responsabilidad deportiva; a la afición entregada a un símbolo nuevo y esperanzador; posibilidades reales de rehacer al equipo sin estridencias ni alegrías excesivas para las que no disponemos de un real…

… y se pone a jugar al escondite. Una vez más, a hacer de trilero de las negociaciones, a anteponer su ego al equipo, a tirar a la basura todas las posibilidades que le ofrecía un fichaje públicamente aceptado, que tenía en la mano…

… de verdad, no entiendo nada.

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