Rio Arriba




Hielo en llamas

Dentro de unos años, cuando en tertulias de bar volvamos la vista atrás y pongamos en nuestras balanzas particulares a los jugadores de esta época, no sé qué será de él, dónde lo situarán los gritos de unos y otros.

Helder Postiga es un jugador muy poco mediático. El portugués, de gesto desconfiado y tranquilo por naturaleza, no es un surtidor alocado y fortuito de declaraciones; ni un figurín para las carpetas adolescentes, ni un mazacote que se imponga en las áreas simplemente arrastrando su sombra sobre ellas; tampoco se caracteriza por ser un delantero bronco, con una carga continua de faltas que desangren periódicamente al equipo.

Hielo en llamas   fotografía

El único aspecto que podría destacar a ciegas sobre él para esos debates de Ámbar en mano es su capacidad para dejarse llevar por el ansia del gol, y caer así en innumerables fueras de juego. Algo que puede desesperar a muchos seguidores, pero no deja de ser un gesto que denota hambre. Y hambre, amigos, es algo que el Real Zaragoza necesita (y valga el triste juego de palabras) como el comer.

Porque gol sí que tiene. Sin duda. Sus cifras son calladas, pero van llegando, y se ha demostrado como una ficha insustituible en la delantera blanquilla. Eso, sin ser un delantero centro puro, lo que siempre lo trae de cabeza en sus movimientos afuera y adentro, en busca de ese balón que depositar a la espalda del portero contrario. Luchando una y otra vez con las moles que el contrario sitúa para desplazarlo de su obsesión.

Y posee, asimismo, un carácter para afrontar esta fase de su juego que evita cualquier comparación con términos mediterráneos, buscando la justificación de la geografía para tildar a un delantero de un modo fácil y rápido. Recordando los primeros partidos, tengo presente a un conocido que, viéndolo encarar, sereno como él solo, para puntear con velocidad letal la salida del portero, se giró hacia mí y me comentó, como de pasada: “será portugués, pero parece ruso: qué frío es”.

Y es así, pienso ahora. Tenemos un eslavo escondido tras un jugador atlántico que llegó sin grandes aspavientos y ahora forma parte de los tres jugadores clave del equipo. Que se mueve una y otra vez persiguiendo a un balón que se le niega con insistencia, y viéndolo trotar sabes que no va a ceder. Que seguirá husmeando por el área hasta que, por fin, le llegará algún balón dividido, un rebote, un (ay) buen pase entre líneas. Y, bueno, si lo que le llega es un melón lejano, tampoco hay que preocuparse. Sabemos que, como mínimo, tratará de hacerse hueco en los telediarios con el gol de la jornada. Estética desesperada que cuando funciona, funciona pero bien.

Dice la prensa que llega calentito de la selección lusa. Eso es bueno. Queremos que el hielo también prenda en la Romareda, y que sea cuanto antes.

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