Rio Arriba




Tan cerca, tan lejos

A finales del siglo XIX Luis Amadeo de Saboya, un príncipe italiano (bueno, nacido en Madrid, que su padre fue rey de España un rato) se encontraba en Alaska. Dado que había salido montañero y explorador, andaba subiendo montañas, claro. Con la expedición de la que formaba parte se ascendió por primera vez al monte San Elías para catalogarlo geológicamente. Un bicho de cinco mil quinientos metros a bota limpia, ningún chiste. Ya no hacen nobles como los de antes, podríamos añadir.

Quiso la vida que, encontrándose frente a un enorme glaciar, todos los componentes vieron algo realmente sorprendente: ante ellos, flotando sobre el hielo en la falda de una montaña virgen, y envuelta en una bruma fantasmal, se desplegaba una ciudad. Una ciudad occidental, probablemente europea. Con sus tejados, sus chimeneas, paseos arbolados, señores con mostacho y sombrero hongo…, el paquete completo.

Tan cerca, tan lejos   fotografía

Hoy en día todavía se conoce como “la ciudad silenciosa de Alaska”, y se cree que consiste en un curiosísimo espejismo, que refleja una ciudad europea a esa enorme distancia (cuatro mil quinientos kilómetros cogiendo el atajo del Polo Norte). Y se puede ver anualmente, de lo que se deduce que no abusaron del alcohol de quemar para pasar el rato. De qué ciudad se trata, hay versiones, y no comentaré las fechas en que aparece para que el lector no se sienta observado (nunca se sabe). Pero no es lo que nos importa, sino el hecho en sí.

El Real Zaragoza se encuentra, hoy mismo, en una situación similar a la de ese príncipe sorprendido y con la barba helada, quitándose los guantes para poder frotarse los ojos y entender qué narices tenía ante él.

El equipo se encuentra frente a una situación que parece imposible, impensable, improbable… pero, aparentemente, al alcance de la mano. Con combinaciones que requieren de carambolas complejas… pero asequibles. Con la mayor dificultad naciendo de que el Zaragoza debe vencer dos partidos más de forma consecutiva. Pero con unos jugadores y una afición dispuestos a luchar hasta el último aliento, unidos por un mismo grito que estremece, por fin, la Romareda.

No dependemos de intrincados juegos en los que densidades de la atmósfera o refracciones lumínicas nos acerquen el objetivo, o lo hagan desvanecerse, sino del corazón y las piernas de unos hombres que, pase lo que pase, han acabado demostrando que si se sabía dónde picar se podía encontrar oro. Jugadores que, creyendo en la épica, advierten el aliento de toda una afición tras ellos. Ya no estamos viendo una ciudad apagada, entre la niebla, mirando al Zaragoza con lástima.

Es una ciudad detrás de un equipo que sabe que sí se puede. Y esta ciudad que vemos ahora, por suerte, es tan sólida como la afición que la sostiene.

Banner Colabora con Nosotros

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>