El regreso de la ilusión perdida

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La evolución de los sistemas de juego, las rotaciones, el doble pivote, los falsos delanteros o el vaivén de traspasos ya no permiten recordar de carrerilla alineaciones como antaño. Tan solo en la memoria de los fieles consiguen perdurar aquellas míticas delanteras conformadas por cinco futbolistas. Los nombres de Marcelino, Canario, Villa, Santos y Lapetra se convirtieron en un icono del fútbol de los sesenta, pero incluso los más grandes están obligados a despedirse del fútbol a causa del irremediable paso del tiempo. También ellos, también Los Magníficos. Se antojaba imposible, pero el aficionado zaragocista tardaría muy poco tiempo en recuperar la ilusión perdida. No llegaron nuevos títulos a las vitrinas, pero la gloria regresó a la capital aragonesa.

El Real Zaragoza de los ‘zaraguayos’ comenzó a gestarse tras un triste descenso a comienzos de los años setenta, con el reflejo de los ‘magníficos’ como espejo y una Romareda transformada en un público exigente que demandaba un juego intenso, vistoso y alegre. Tiempos de cambio en el fútbol y en el entorno socio político de un país que se encontraba en las postrimerías del franquismo.

No todos eran delanteros, tampoco compartían nacionalidad y tan solo se entrenaron juntos durante unos meses en la recién construida Ciudad Deportiva. Pero estos cinco hombres ayudaron a convertir su etapa en leyenda de un club ya octogenario: Blanco, Ocampos, Soto, Arrúa y Diarte devolvieron el delirio a las gradas de La Romareda. Los ‘zaraguayos’, bautizados así por un intrépido y creativo lector que envió una carta al Heraldo de Aragón, reavivaron las llamas del entusiasmo en las gradas de La Romareda.

Junto a ellos Manolo Nieves volaba de poste a poste de la portería, cuando no lo hacía el asturiano la meta se encomendaba a Irazusta, procedente del F.C. Barcelona. Un central excelso como Manolo González llegado desde Granada apuntalaba el sistema defensivo. García Castany y Javier Planas monopolizaban el balón y se convertían partido tras partido en los dueños del centro del campo junto a Saturnino Arrúa. Y José Luís Violeta. El emblema zaragocista, el “León de Torrero”, el gran capitán que vivió el resurgir y el declive de ‘magníficos’ y ‘zaraguayos’. Ochenta años de historia conlleva la obligación de recordar otras épocas, otras plantillas y futbolistas que engrandecieron una camiseta que hoy en día parece poder vestir cualquiera.

El ocaso de Los Magníficos se fructificó nada más comenzar la década de los 70 con un doloroso descenso a Segunda División tras vencer únicamente tres partidos en toda la temporada. El mismo número de victorias que de entrenadores que se sentaron en el banquillo zaragocista. Pero ni José María Martín, ni Balmanya ni un ‘hombre de la casa’ como García Traid consiguieron sacar al equipo de unos puestos de descenso que ocupó desde la cuarta jornada de Liga. Una situación insostenible que provocó que el por entonces presidente, Alfonso Usón, dejase de acudir al palco de La Romareda. Si, quizá esto les haya sonado.

Los cimientos del proyecto

En las tertulias y en la grada, pocos pensaban que la catarsis que se avecinaba en el Real Zaragoza se tradujera en éxitos a corto plazo. Más si cabe, tras una preocupante primera vuelta en el infierno de la Segunda División. Una revolución encabezada por José Ángel Zalba, el presidente más joven del fútbol profesional, quien tomó el mando del club con la aspiración de aumentar la masa social y devolver a la afición un estilo de juego intenso y ofensivo, magnífico como en la década anterior. Pero los primeros compases del proyecto no se tradujeron en resultados de forma inmediata, el ascenso a la máxima categoría se antojaba imposible ya en octubre y el presidente del Real Zaragoza estaba decidido a comenzar de nuevo dando por perdidas las opciones de regresar a Primera División.

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José Angel Zalba, Presidente del Real Zaragoza de los 'zaraguayos'

 

Rosendo Hernández, ex secretario técnico del club, había sido el elegido por José Ángel Zalba para sentarse en el banquillo tras el descenso. Durante su etapa como ojeador y futbolista del club, Hernández compartió cargo y unos meses vestuario con Avelino Chaves, pero en esta ocasión ‘el roce no hizo el cariño’. La Junta Directiva de Zalba decidió rescindir el contrato de Chaves  por la mala situación económica del club, mientras colocaba a su gran enemigo como entrenador.

La historia del Real Zaragoza deberá agradecerle a Avelino Chaves no pecar de rencoroso. El destino quiso que Hernández no se hiciera con la plantilla ni encontrara esa famosa tecla que los técnicos buscan por cada rincón del vestuario. Los resultados y el mal ambiente del equipo provocaron el despido de Rosendo Hernández y la recuperación para la causa de Avelino Chaves, con la misión de comenzar a preparar el proyecto para una nueva temporada en Segunda División. Una decisión que cambió el signo de los acontecimientos que estaban por venir.

El mítico jugador del Athletic de Bilbao, Rafa Iriondo, había ascendido al Español y fue el sustituto de urgencia de Hernández. El saber del técnico vasco y los goles de Galdos y Ocampos, además de la gran amistad con el Real Oviedo, provocaron el regreso del Real Zaragoza a Primera División tras una goleada al Cádiz en La Romareda.

Pero Avelino Chaves cumplió lo acordado con el presidente. Durante la disputa de la segunda vuelta del campeonato finiquitó los detalles del próximo proyecto del Real Zaragoza. Luis Cid Pérez, paisano de Chaves, apodado “Carriega” por su parecido con un extremo gallego, fue el elegido para sentarse en el banquillo de La Romareda tras unas buenas temporadas en un Sporting de Gijón donde Quini comenzaba a marcar sus primeros goles.

“Carriega” convenció a La Romareda nada más llegar al arrancar la temporada 72/73 invicto hasta la séptima jornada. El nuevo técnico convirtió el estadio en un fortín, comenzando en febrero una racha que se alargaría hasta los 33 meses sin conocer la derrota como local. El equipo acabó octavo en su regreso a Primera y Zalba le ofreció la renovación a “Carriega”. “Me han hablado de formar un gran equipo y he aceptado encantado”, aseguró el entrenador gallego según escriben Pedro Luis Ferrer y Javier Lafuente.

El repóker se completa

Aquel verano del 73, mientras Carrero Blanco era nombrado Presidente del Gobierno, Perón regresaba a Argentina y los golpes de estado se sucedían en Sudamérica, Avelino Chaves cruzó el Atlántico para cerrar el fichaje del mejor 10 que ha vestido la camiseta del Real Zaragoza. Saturnino Arrúa declinó un principio de acuerdo con el Atlético de Madrid, fingió una lesión para abandonar la concentración con la selección guaraní y estampó su firma en el contrato que le uniría con la ciudad del Ebro durante los próximos seis años. Además de Arrúa, la defensa se apuntaló con el expeditivo lateral uruguayo Juan Carlos “Cacho” Blanco, ganador de dos Copa Libertadores y otros dos entorchados de la extinta Copa Intercontinental con Nacional. Y había un tercer compañero de viaje. El extremo argentino de Las Palmas, aunque nacionalizado paraguayo, Adolfo Soto completaba la terna de extranjeros llegados aquel verano.

“Teníamos un gran equipo”, recordaba “Cacho” Blanco a El Periódico de Aragón. Unos futbolistas a los que idolatraban niños y jóvenes de entonces. “Cuando era adolescente me encantaba el Real Zaragoza de los ‘zaraguayos’. Probablemente empecé a engancharme con Arrúa y Diarte”, recuerda el escritor Miguel Mena. Luis Alegre, reconocido sufridor zaragocista no olvida la primera vez que pudo disfrutar en directo de un partido del equipo de su vida: “fue en Mestalla, allí pude ver jugar al fantástico equipo de los ‘zaraguayos’, empatamos a cero”, rememoraba.

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Felipe Ocampos, el primer 'zaraguayo', intenta rematar un centro al área

Pero el primero en llegar a la capital aragonesa había sido Felipe Ocampos, o más bien, él ya estaba. Un delantero centro clásico, rematador, corpulento. Jugar de central y que el entrenador te encargara el marcaje de Ocampos estaba predefinido como una profesión de riesgo. Tampoco los árbitros enfatizaban con “Cara Rota”, como se apodaba al 9 guaraní, e incluso el público de La Romareda tuvo que intentar tranquilizar más de una vez al delantero cuando se avecinaba la enésima trifulca con el central del turno, ya avisado de que la mejor forma de pararlo era sacándole del partido cuando el balón rodaba por el campo contrario. “Nunca se había visto antes, ni se ha visto después, que todo el estadio, unánimemente, chistara a un jugador para tranquilizarle y evitar que se metiera en más peleas. Eso ocurría con Ocampos en nuestro campo un domingo sí y otro también”, narra el que fuera Consejero del Real Zaragoza años más tarde José Luis Melero en Los años magníficos. “La garra del jugador paraguayo es lo más importante, algo que yo trate de demostrar en el Real Zaragoza, donde me entregué de corazón”, comentaba Felipe Ocampos hace unos años a El Periódico de Aragón. Los testigos presenciales afirman con rotundidad que así lo hizo sobre el césped.

Precisamente su carácter, unido a la falta de movilidad que le achacaba “Carriega”, provocó su marcha del Real Zaragoza. Pero otro factor ayudaba a una despedida anunciada desde principios de temporada. Avelino Chaves, uno de los más eficientes cazatalentos de la historia blanquilla, ya había alcanzado un acuerdo con el nuevo killer del Real Zaragoza mientras cerraba el fichaje de Arrúa en la capital paraguaya.

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El Lobo Diarte en busca del gol

Un delantero moderno, muy distinto al gladiador Ocampos pero que derrochaba la misma entrega sobre el césped. Galopaba con la melena al viento y una zancada veloz, inalcanzable para los centrales de la época, poseía un gran disparo con ambas piernas, un óptimo regateador y buen cabeceador. El Lobo Diarte, un artista en el sentido más literal de la palabra, sus goles lo atestiguan pero también sus poesías basadas en la influencia que le supuso las lecturas de la Generación del 27. E incluso llegó a actuar como cantante en una gala de Televisión Española. A todas luces, un futbolista singular. “Avelino Chaves me vio jugar en la selección y me eligió como sucesor de Felipe Ocampos; anteriormente vino Arrúa. También estaban Soto y Blanco. Sufrí el frío del Moncayo y la dureza de los entrenamientos. Pero pude salir adelante. Cobraba 35.000 pesetas al mes y una ficha de 750.000, que ya era dinero. Luis Cid Carriega, el entrenador, me ayudó mucho”, explicaba el Lobo a El País una de sus últimas entrevistas. José Luis Melero quedó desde el principio prendado del delantero paraguayo: “Desde que le vimos jugar su primer partido y meter su primer gol en La Romareda -al Granada, en el año 74- supimos que el Zaragoza, con él de nueve, siempre sería un equipo grande”.

El quinteto se había completado, el vestuario zaragocista presentaba una amalgama de acentos de castellano propia de una colección: el oriundo de la tierra, asturiano, vasco, andaluz, argentino, paraguayo… Pero todos compartían una pasión innata por el fútbol y el compromiso con un escudo. La Romareda continuaba erigida como un fortín, ningún rival se atrevió a vencer a un equipo intratable como local, aunque más dócil fuera de su estadio como parece ser tradición en la mayoría de equipos de la ciudad. El Real Zaragoza finalizó tercero el campeonato tras doctorarse entre los grandes al golear al Atlético de Madrid, vigente campeón de Liga, por 4-0 con goles de Arrúa, Soto, Diarte y Planas. “Los aragoneses barrieron de forma escandalosa al actual campeón”, así comenzaba su crónica El Mundo Deportivo de una victoria “corta en la que mereció más goles con un fútbol incisivo y rápido”.

El Real Zaragoza volvía a Europa por la puerta grande. Parecía difícil superar los resultados de la temporada 73/74, pero los ‘zaraguayos’ lo lograron tras conquistar el subcampeonato de Liga venciendo en La Romareda al F.C. Barcelona de Johan Cruyff con tantos de Arrúa y Diarte en la penúltima jornada. En Europa, los de “Carriega” solo doblaron la rodilla ante el majestuoso Borussia Moenchengladbach de Vogts, Stielike, Simonsen o Heynckes. Pero un partido marcó la temporada y pasó a los anales de la historia zaragocista como uno de los mejores encuentros que ha contemplado la parroquia blanquilla. Miércoles, 30 de abril de 1975, el resultado ante el Real Madrid, a la postre campeón liguero, no hace necesarias más alabanzas. Un 6-1 que se repetiría tres décadas después en otra noche mágica. Aquella derrota dio lugar a la célebre frase de Miljanic: “Más vale perder un partido por seis goles que seis partidos por un gol”. Para La Romareda no. Aquella victoria que pudo ver todo el país a través de Televisión Española significó más que vencer seis partidos. Había regresado la ilusión perdida.

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Saturnino Arrúa, elegido mejor extranjero de aquella temporada por delante de El Flaco vibró con ambas goleadas: “Muchos periodistas paraguayos y argentinos recuperaron nuestro antecedente y me hicieron infinidad de entrevistas. Disfrute mucho”, aseguraba el 10 a Javier Hernández en el Diario As. El propio Arrúa marcó, también Diarte y Simarro, mientras que García Castany, quien no se llevó el balón a casa porque aún no era costumbre, anotó un hat trick. “Pablito era un mediocampista con una clase excepcional. Cuando él, Nino y el Lobo se ponían a jugar era un equipo imparable, espectacular, una maravilla”, comentaba “Cacho” Blanco.

El círculo vicioso

Todo empeoró desde entonces, en parte ya lo había hecho la temporada del subcampeonato liguero, tras agudizarse cierta división en el vestuario a causa de las reivindicaciones económicas de los ‘zaraguayos’, quienes incluso amenazaron con plantarse antes de un partido ante Las Palmas. José Ángel Zalba decidió aceptar sus demandas y provocó el enfado del clan nacional de la plantilla. El gran perjudicado de la situación acabaría siendo un vestuario enrarecido. Las lesiones de Javier Planas, Arrúa, Violeta y Blanco, más las largas sanciones de Diarte o el central portugués Bastos y una plantilla poco compensada se tradujeron en un mediocre campeonato en el que el Real Zaragoza finalizó en decimocuarta posición, La Romareda perdió su condición de fortín y la afición acabó cansada de los coqueteos de Diarte con el Valencia y de los desplantes de Arrúa. “Era polémico. Dentro del campo era fenomenal y todos lo queríamos, pero fuera era muy especial, tenía códigos diferentes. Fue un buen amigo, aunque siempre polémico. Su carácter era muy parecido al de Mourinho, con esa personalidad polémica y un ego muy fuerte”, señala “Cacho” Blanco.

Sin embargo, el año futbolístico brindó al Real Zaragoza una oportunidad para redimirse de su mediocre temporada con la disputa de la final de la Copa del Rey, la primera que entregó el monarca tras la muerte de Francisco Franco. Un tanto de cabeza del primer caballero de los campos españoles, José Eulogio Gárate, dio el título al Atlético de Madrid en una final recordada por la ausencia del “León de Torrero” José Luis Violeta y por el arbitraje de Segrelles del Pilar, quien se despidió aquel día como colegiado. Este fue el último partido de “Carriega” como entrenador y de Diarte como delantero centro del conjunto aragonés. El equipo se descomponía tan rápido como se había gestado.

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Gárate cabecea a la red el único tanto de la final de la Copa del Rey de 1976

El francés Lucien Muller, ex futbolista de Barcelona y Real Madrid, se hizo cargo del vestuario y el portugués nacido en Angola, Jordao, ocupó el puesto del Lobo en la punta de ataque procedente del Benfica. El vestuario se convirtió en un polvorín que ni Muller ni José Ángel Zalba supieron sofocar. A Saturnino Arrúa le afectó el enfado de la afición la anterior temporada, seguramente también la marcha a Valencia de la que era su alma gemela sobre el campo mientras Jordao intentaba quitarle la vitola de estrella. “Hubo muchos problemas. Cuando llegó Jordao, se creó una rivalidad entre ellos que nunca se pudo superar y dividió a la plantilla. Eso nos llevó a Segunda. Era un conflicto de egos. Jordao llegó con la aureola de ser el número uno de su país y creo que en esa época empezó un poco el tema de ser moreno. Por ahí hubo cosas que le molestaron. Nino tenía, además, mucha fuerza con la afición, era muy carismático. Ese enfrentamiento nunca se pudo amalgamar y nos fuimos a Segunda”, asegura el “Cacho” Blanco adelantando el cierre del círculo vicioso.

Una imagen resume el regreso al infierno. Un penalti ante el Salamanca, el segundo del partido, el primero marcado por Jordao con permiso del especialista García Castany. La pantera angoleña deseosa de gol forzó una segunda pena máxima, mientras elegía el lado al que disparar Nino Arrúa le arrebató el balón provocando una bronca a la vista de todos los aficionados. Como no podía ser de otra manera, uno de los mejores lanzadores de penaltis de la historia del Real Zaragoza, lo falló esta vez. Muller le apartó tres semanas mientras el vestuario se decantaba por apoyar al 10 guaraní. Meses más tarde, un autogol en la última jornada de Rezza, defensor del Salamanca, mandó al Real Zaragoza a Segunda División. José Ángel Zalba presentó su dimisión tras regresar al lugar donde la historia había comenzado seis temporadas atrás. Antes de dejar vacío el sillón presidencial para centrarse en los preparativos del Mundial de 1982, Zalba firmó a Arsenio Iglesias para el banquillo y a “Pichi” Alonso para la delantera.

El equipo ascendería de nuevo a la primera, aún con Saturnino Arrúa, el mejor 10 de la historia del Real Zaragoza que aprendió a perdonar y olvidar ocasionales silbidos del respetable. La afición disculpó sus errores, volvió a celebrar sus goles aunque la vitalidad con la que Arrúa corría hacia el corner con los brazos en alto no era la misma. Ocampos ya no luchaba con centrales y árbitros en las áreas. El “Cacho” Blanco se quedó una temporada más pero tras el ascenso regresó a Nacional de Montevideo. Adolfo Soto apuraba en Cádiz su trayectoria en el fútbol español. Y la melena del Lobo Diarte se movía a merced del viento de Levante que soplaba en el Luis Casanova. El 10 fue el último en marcharse, añorando su mejor condición física, a sus compatriotas, aquel subcampeonato o el set al Real Madrid. Pero a Saturnino Arrúa le queda un deseo por cumplir, quiere cerrar por completo la curvatura del círculo: “Tengo un hijo de 18 años que juega de volante y tiene muchísima proyección. Quiero que pueda hacer una prueba con el Zaragoza en enero y que así pueda desarrollar su carrera en el equipo de mi vida”.

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Reportaje: Beto Abán | @Beto_Aban


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2 Respuestas a El regreso de la ilusión perdida

  1. Sastronicus dice:

    Gran artículo, ojalá en unos pocos años el Zaragoza nos vuelva a ilusionar con un buen proyecto deportivo que nos haga recordar las mejores épocas vividas por el club.

  2. Johne469 dice:

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