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¡Que viene Lendoiro!

El Real Zaragoza recibe el sábado al Deportivo de la Coruña, un club que fue alternativa de los grandes y que terminó pagando muy caro luchar codo a codo con el Real Madrid y el FC Barcelona. Su situación económica es grave y la futbolística tampoco es favorable después de un traumático descenso. La imagen del club es borrosa, en absoluto la que maravillaba cuando consiguió el título de Liga, la misma temporada en la que los maños tenían posibilidades de conseguir el campeonato en Mestalla.

Será un duelo devaluado en el plano deportivo pero emocionante en lo competitivo. Los dos necesitan ganar para escapar de los puestos en rojo de la tabla clasificatoria y han mejorado mucho en el último tramo de la competición. Por eso el partido, aunque no se trate de una final, vale más de tres puntos. Y en el caso de los blanquillos un balón de oxígeno de cara al desplazamiento a Barcelona donde existen tantas posibilidades de puntuar como el sábado pasado en el Bernabéu.

Las relaciones entre Augusto César Lendoiro y Agapito han sido complicadas. El presidente gallego demandó a Lafita y al Real Zaragoza por su fichaje y pidió el descenso administrativo por impago. Incluso dejó entrever maniobras “curiosas” del máximo accionista del Real Zaragoza en los finales de las últimas temporadas. Pero al final se trata de lo mismo que ha ocurrido con Ángel Torres, Fernando Roig o Quique Pina. Mucho ruido y pocas nueces. Incluso a Lendoiro y Agapito les une su vinculación con Mendes.

En fin que, afortunadamente, ni Agapito ni Lendoiro no tienen que jugar. Espero que la Romareda sea un lugar favorable para que los zaragocistas mantengan la misma linea que ante el Sevilla y sean capaces de sumar tres puntos de oro.

Amenazas por todos los lados

Ahora resulta que el Tribunal de Arbitraje Deportivo reabre el “caso Matuzalem” a instancias del Shakhtar Donetsk después del proceso concursal del Real Zaragoza. Se supone que las leyes de nuestro país amparan las decisiones judiciales y que el club ucraniano tendrá que conformarse con percibir el 40% de la cantidad adeudada y en el plazo marcado por la sentencia. Pero ya es una molestia, una comezón que ataca las debilitadas fuerzas de un zaragocismo que ve cómo el equipo puede hundirse sin no gana el domingo en Granada. Con solamente seis puntos, tres menos que el año pasado a estas alturas, y seis jornadas antes en puestos de descenso que la temporada anterior. Insisto, si no consigue la victoria en el Nuevo estadio de Los Cármenes, que no hay que descartarlo en absoluto.

Estas preocupaciones, sumadas al nerviosismo de hombres importantes en la plantilla como Apoño, la lesión de Aranda (que se rompe cada vez que juega un partido completo) o la supuesta pretemporada de Romaric antes de su marcha a la Copa de África, abren demasiadas dudas en las entrañas del club.

Para colmo, Agapito parece aproximarse de nuevo al entorno zaragocista aunque jamás dejó de tomar decisiones, y Fernando Molinos sigue viviendo en el “país de la ilusión”. Como también las polémicas declaraciones de Manolo Jiménez, especialista en desviar la atención introduciendo otros asuntos de fácil consumo para los medios de comunicación.

En este mercadillo de sensaciones, las únicas que no valen son las referidas a la buena imagen del equipo. Porque los puntos son los que aclaran la situación y dejan arriba o abajo en la tabla a los competidores en la Liga. Y no hay más historias.

Demasiados focos de atención

Desde que se declaró el proceso concursal del Real Zaragoza como fortuito durante el parón de Liga, otros dos hechos han jalonado el antes y el después del partido frente a la Real Sociedad en Anoeta: el “caso Arnaldo” que ha dejado el movimiento de las peñas zaragocistas en una situación muy incómoda, y la dimisión de cuatro importantes integrantes de la Asociaciónde Pequeños Accionistas del Real Zaragoza. Los Laínez, Sixto Genzor y José Luis Lorés abandonan una nave donde no se encontraban desde hace tiempo cómodos por sus discrepancias con José Ángel Zalba.

Es decir que el zaragocismo organizado está en crisis y Agapito refuerza su poder desde la lejanía, buscando ganarle también el pulso a Jiménez. El técnico está lanzando constantemente mensajes al entorno de la cúpula blanquilla y será la primera víctima de la trituradora en la que se ha convertido el máximo accionista. El entrenador asume todo y cubre bajo su paraguas los errores de su plantilla sobre el terreno de juego y de la supuesta comisión deportiva que ha aprobado los fichajes de esta temporada.

Excesiva presión en este primer mes de competición donde ya estamos oliendo la ciénaga de las posiciones de descenso y comienza a devanecerse la tímida ilusión de muchos aficionados que habían creído los aires del cambio que parecía traer Fernando Molinos.

Demasiados focos de atención que no deben desviar el más importante: ganarle, como sea, a Osasuna. La Romareda merece una satisfacción y el triunfo ante los navarros supondría un doble valor al margen de los tres puntos en juego.

La inocencia del balón

Recuerdo, hace muchos años, que el fútbol generaba una gran trascendencia entre los aficionados que solamente podían valorar el juego del Real Zaragoza cuando acudían al estadio municipal de la Romareda. Apenas se ofrecían resúmenes de los partidos en “Estudio Estadio” y las transmisiones se reducían a un partido los domingos por la noche. Los comentaristas radiofónicos y los columnistas de la prensa escrita eran quienes expresaban la realidad externa e interna de un club cuyos presidentes eran elegidos por los socios compromisarios cada cuatro años. O después de la dimisión de la junta directiva tras alguna pañolada espectacular en las gradas.

Los fichajes eran habas contadas y la información se filtraba directamente a los grandes medios locales que eran los responsables de darles el matiz que convenía para ilusionar al público o advertirles del fracaso de la contratación de los jugadores. El fútbol se jugaba alrededor de las cinco de la tarde, según la estación, y formaba parte de una liturgia que comenzaba con la misa y el aperitivo antes de comer en familia y acudir andando o en tranvía, los menos en coche, a la Romareda.

Los últimos años se han convertido en algo completamente diferente, mucho más virtual. No hay relación con las plantillas, los presidentes son dueños o empleados de los máximos accionistas y se busca la rentabilidad del negocio al margen de los aficionados. Los operadores televisivos se han convertido en los jueces de la competición y controlan el horario de los partidos porque pagan cantidades millonarias a los clubes.

Por eso no parece sorprender que siga Agapito al frente del Real Zaragoza a una prudencial distancia mediática, o que la federación de peñas del Real zaragoza haya expulsado a Arnaldo Félix del colectivo por una supuestas irregularidades económicas que, según el comunicado oficial de los peñistas blanquillos, ha admitido el ex presidente.

Total, que la inocencia del balón es lo único seguro en este espectáculo que se ha convertido en un negocio en el sentido más peyorativo de la palabra.

Movilla anima el parón

Estoy acostumbrado a sufrir el trabajo ineficaz de personas en puestos de responsabilidad, todos padecemos a tontos importantes que perjudican nuestra labor diaria. Gente puesta a dedo, pelotas, medradores que tienen mucho tiempo libre para hacer política laboral y mantener su puesto e ingresos a salvo. Ha pasado siempre y pasará, pero en el caso del fútbol la estulticia supera cualquier registro conocido.

Comenzamos la Liga a mediados de agosto, en plena ola de calor africano que ha puesto los termómetros en más de cuarenta grados en toda España. Se nos ocurre poner tres partidos a las once de la noche de un lunes, que dejó vacíos los estadios. Y eso después de la guerra de los operadores televisivos, la amenaza de huelga de los clubes desfavorecidos y la crisis que cada vez se hace más insoportable.

Y ahora, un parón futbolístico por los compromisos de las selecciones que deja con síndrome de abstinencia a los seguidores de los partidos por la televisión que se apoltronan entre los cojines de su sofá mientras consumen alcohol y devoran comida barata. No son todos porque aún existe en la mayoría el sentido común pero forman ya un clan de gente sin relaciones humanas que necesitarán de colirio para aclarar sus enrojecidos ojos.

¿No sería más fácil comenzar la Liga en septiembre, como siempre? ¿No sería más sensato ajustar al fin de semana y en horarios convencionales los partidos? Si quieren audiencias, que fijen los sábados a las diez de la noche y los domingos a las seis de la tarde los partidos del Real Madrid y del Barcelona. Pero que se dejen de domingos al mediodía y de horarios tan extraños como el de las ocho menos diez de la tarde del domingo, que es cuando tendrá que jugar el Real Zaragoza el día 16.

Una derrota no es positiva nunca, pero mucho menos cuando hay quince días sin fútbol. Mucho tiempo para que el vestuario se revuelva, se realicen declaraciones polémicas y se desate la ansiedad. Especialmente cuando ya conocemos estas agonías de comienzo de temporada y parece que la Romareda es un lugar donde cualquiera puede llevarse los tres puntos.

Menos mal que la noticia de la llegada de Movilla ha movido los corazones de los aficionados zaragocistas. Con disparidad de criterios, especulaciones sobre las maniobras de Agapito, si era lo que deseaba Jiménez o reflexiones sobre sus 37 años. Pero todos recuerdan su paso por el Real Zaragoza y asumen su profesionalidad sobre el terreno de juego. Que llegará en una forma adecuada también está fuera de duda.  Ahora consiste en que el equipo se ensamble, tenga personalidad y consiga la calma necesaria para no sufrir los sobresaltos de las últimas temporadas.

¿Y este año qué?

¿Y este año qué?   fotografía

Se denota obligatorio vaticinar el devenir del Real Zaragoza en una Liga de la que solo se han visto ciento ochenta minutos. Quizá se deba a las ansias de la afición por llegar a la última jornada. Sin amagos de infarto, sin disputar finales que no reportan títulos a las vitrinas y sin la necesidad de invadir pacíficamente una ciudad para asegurar la permanencia. ¡Qué acabe ya! Pero esto no ha hecho más que empezar.

Las prisas no son buenas consejeras, tampoco a la hora de analizar lo que puede dar de sí esta temporada. Menos aún si se trata del Real Zaragoza de los últimos años, acostumbrado a vaivenes y giros inesperados. La ilusión de consolidar el ‘Proyecto Jiménez’ choca de bruces frente a la experiencia de lo ocurrido los últimos años, a la incredulidad que suscita el paso atrás de Agapito Iglesias, más cómodo en la sombra que en el sillón que dejó vacío la pasada temporada y hoy ocupado por el vicepresidente del RCD Español los últimos años. Insólito.

Manolo Jiménez pretende evitar el mismo camino que siguieron en su día Marcelino, Gay y Aguirre. Para ello, el andaluz echó un pulso este verano al máximo accionista y se erigió en manager al más puro estilo Premier League. Entrenador, director deportivo, portavoz y estandarte de un club que busca empezar de cero, renacer de las cenizas a las que estuvo a punto de verse minimizado. Pero vuelven las prisas, como si nada hubiera cambiado en la entidad en estos meses estivales toca apurar el mercado de fichajes con el riesgo que esto conlleva. “Un central, un lateral derecho y un medio centro”, ha demandado el técnico andaluz desde hace semanas. Quién ha llegado ha sido Babovic, media punta y una incógnita más.

Ya sobre el césped, el fantasma de los últimos años no tardó en reaparecer durante el debut de madrugada ante el Real Valladolid. También se oyeron sus cadenas durante el descanso en Cornellá, pero amablemente se evaporó tras el gol de Postiga. Parecía el encuentro de vuelta del Memorial Carlos Lapetra, un partido sin tensión por ambas partes, impropio de una Liga ya empezada, similar en cuanto a sensaciones al de la primera jornada en La Romareda. Uno se ganó y otro se perdió, pero bien podría haber sido al revés, incluso se pudieron empatar los dos.

Una derrota no hubiera sido ni mucho menos definitiva, más allá de las voces agoreras que habrían surgido vaticinando un descenso inevitable. Sin embargo, la remontada del pasado sábado proporcionará tranquilidad a una plantilla que necesita tiempo, tanto en el campo como en los despachos. Tiempo para asimilar el estilo de juego que quiere implantar Jiménez, para convencer a Coke y a Squillaci, las dos peticiones más firmes del entrenador. Tiempo para comprobar la evolución de Montañés y Javi Álamo, la adaptación de José Mari a Primera División en una posición fundamental, el ancla que sujeta al resto, para recuperar a Romaric, o para buscar el mejor equipo posible a Porcar o a Laguardia.

Algunas dudas se resolverán esta semana, la noche mágica del 31 de agosto, otras incógnitas jornada a jornada. Pero Manolo Jiménez se ganó la confianza del zaragocismo el pasado año cuando no se intuía una solución, se la sigue ganando día a día, frase a frase, demostrando honradez y sinceridad en cada declaración. ¿Y este año qué? No lo se, sólo confío en Manolo y en que la historia no se repita una temporada más.

Foto: vavel.com

Hijo adoptivo de La Romareda

Hijo adoptivo de La Romareda   fotografíaGijón, El Molinón, la penúltima final de las muchas disputadas por el Real Zaragoza en los tres últimos años. Una victoria no aporta título alguno a las vitrinas, sino la posibilidad de seguir sufriendo unas jornadas más en busca de un nuevo milagro. El más difícil todavía si echamos la vista atrás recordando aquel equipo desahuciado de La Rosaleda. Tras aquel partido, temí que Manolo Jiménez hubiera perdido toda esperanza. Preveía su dimisión después de escuchar aquellos 42 segundos. Por primera vez en mucho tiempo, una persona de dentro del club había expresado sin paños calientes y públicamente, el sentir de la afición. Nada más y nada menos que el entrenador.

Tras llegar a Zaragoza, el mister fue consciente que este no era el club que él había conocido en sus tiempos de futbolista y entrenador del Sevilla. Y después de la salida de Salvador Arenere y compañía, Manolo Jiménez se quedó solo, desconcertado, incomunicado con el club más allá de los sms de Agapito Iglesias, como ocurriera días después de la goleada encajada ante el Málaga.

Aquellos primeros coletazos de 2012 también temí su dimisión, llegar y escapar al estilo Jabo Irureta, pero no ocurrió así a pesar de varias promesas incumplidas. Como tampoco al finalizar el mercado invernal de fichajes sin que llegara ninguna de sus peticiones excepto Apoño. Pero como le gusta decir: “sólo las ratas abandonan el barco cuando ven que se hunde”, y el Real Zaragoza era un barco a la deriva encallado en el último puesto de la tabla clasificatoria. Decidió continuar, no rendirse y hay que agradecérselo.

A pesar de todos estos condicionantes, de las dudas consecuentes de trabajar un entorno caótico, Manolo Jiménez ha conseguido despojar a los futbolistas del terror que les infundía saltar al césped. Su trabajo psicológico, pero también el físico y el táctico fructifican en resultados y en un equipo más sólido que cree en la victoria a pesar de sus limitaciones. Pero además, el de Arahal se ha convertido en el referente del zaragocismo, el último en llegar es el primero en el que confía una afición que se ha identificado con su forma de trabajar, su profesionalidad, su honradez y su sinceridad.

Cuestionado esta semana acerca de la figura de Agapito Iglesias respondía: “cuando acabe la Liga, que el público dicte sentencia”. No habrá que esperar tanto para calificar a Manolo Jiménez como hijo adoptivo de La Romareda. El reflejo del aficionado está en el banquillo. Una lástima que haya coincidido en el tiempo con el club más caótico que se recuerda. Pero gracias a él, ha recuperado cierta normalidad y, lo más importante, la esperanza de conseguir el título de la permanencia.

Imagen: Marca.com