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Me quedo con lo nuestro

Ha sido un fin de semana muy entrañable y que ha compensado los malos momentos vividos esta temporada. La respuesta de la afición blanquilla en la Romareda fue impresionante y aunque no la pude palpar en directo, la sentí a través del teléfono que tenía dentro del estadio y la observé a través de las imágenes ofrecidas por la televisión. Son instantes impagables que me hubiera gustado vivir con la gente, como ocurrió en el estadio del Levante en una de las tardes más hermosas que recuerdo en un desplazamiento. Y han sido centenares en más de treinta años siguiendo al Real Zaragoza, incluidas seis finales de Copa, una Supercopa de España y una Recopa de Europa.

La codicia de la Liga, su afán de ganar más para gastar más, de convertir en un espectáculo bicefálico la competición española, ha provocado que se llegue a este esperpéntico proceso. Las grandes cadenas ya no presionan porque les debe de salir a cuenta y no han perdido oyentes y el Gobierno ha pasado de puntillas por un problema que prometió resolver antes de llegar a 2012. Y ahí estamos, con el Real Madrid y el Barcelona en un pañuelo y ambos en las semifinales dela Liga de Campeones. Y miles de seguidores de clubes que no se comen un rosco, contagiados de merengues y culés sometidos a modas donde unos prefieren a Messi y otros a Cristiano, con odios viscerales a Mourinho por su actitud, o aversión a un entorno culé donde se desprecia lo español.

En este sentido, tengo que agradecer que centenares de followers reprodujesen una frase que me salió del alma al conocer que espectadores aragoneses en la Romaredase mofasen del Real Zaragoza con la odiosa frase de: “a segunda, a segunda”. No entiendo que miembros de nuestra sociedad busquen la desgracia de un club con tanta ferocidad. Acepto, eso sí, que sigan y animen a otros clubes porque están en su derecho, estamos en un país libre. Por eso escribí en menos de 140 caracteres que “es mucho más digno apoyar a tu equipo en la pobreza que regodearse del humilde con tu riqueza”.

Sí, el Barcelona es más poderoso, económicamente muy superior al Real Zaragoza. Con más títulos y mejores jugadores. Con más apoyos financieros y políticos. Con más trascendencia y una historia más dilatada. Pero no me parece digno que desde la opulencia se aplaste al indigente, se le intente humillar, se burle de su afición. Quien lo hace, posiblemente se revolverá contra su ídolo cuando no consiga los triunfos y cambiará de camiseta.

Me quedo con lo nuestro, con lo más cercano, con lo que se puede querer aunque nos cueste la vida y nos proporcione tantos disgustos que nos lleven a repentinos y esporádicos momentos de desesperación.

Las dos caras de una moneda

El Real Zaragoza continúa luchando por respirar en Primera División. Durante otra jornada más el equipo de Manolo Jiménez tiene que seguir escalando, está obligado a no rendirse, a pelear hasta el final y a no darse por vencido de forma prematura. Sus cartas en las últimas jornadas se han ido destapando. Como si se tratara de una maniobra de escapismo empleada por el gran mago Houdini, el Real Zaragoza ha desplegado un abanico de tretas imposibles en las últimas semanas. El primero corrió a cargo de Abraham Minero. Cuando la grada, Agapirada mediante, tenía el corazón en un puño el equipo marcó en una jugada extraña, aunque con el mismo valor de tres puntos. La segunda entrega de trucos bajo la manga se produjo en Valencia. Esta vez fue Apoño el maestro de ceremonias. Partidazo, goles y tres puntos que volaron de Mestalla. ¿La siguiente? Contra el Atlético de Madrid. Postiga, con la inestimable colaboración de Godín, cedió la batuta a Apoño otra vez. Nueve puntos que se convirtieron en doce cuando Zuculini y Lafita se sumaron al espectáculo en El Molinón con otro postrero gol.

Ahora llega el Barcelona. Para esta cita no cabe otra que preparar el embeleco de la moneda. Cuentan que Houdini tenía un truco estrella por el que, mediante la regurgitación, expulsaba por la boca una llave que se había tragado previamente y que estaba alojada en su estómago al comienzo de la función. El conjunto aragonés está obligado a realizar una coartada similar con dos posibles finales. El primero es que salga la cruz. El Barcelona, vigente campeón de Liga y segundo clasificado, llega con la vitola de hacer un fútbol exquisito mediante la batuta de Messi. Lo normal es que los azulgranas se lleven los puntos, son favoritos. Pero que nadie subestime a este Zaragoza. ¿Si sale cara? En La Romareda ya no hay nada que perder, pero sí se puede ganar mucho. Si el Zaragoza, que ha dado ya suficientes motivos para volver a creer, realiza la machada de ganar a los de Guardiola dará un puñetazo sobre la mesa y de paso meterá el miedo en el cuerpo a todos aquellos equipos inmersos en la lucha por la salvación.

Déjà vu para el sí, se puede

La última vez que ganamos al Barça yo estaba sentado en un bar de una pequeña ciudad dormitorio de las que rodean Madrid. Llovía, había muy poca gente en el bar en el que me encontraba, y sólo los camareros atendían al desarrollo del juego con cierto interés. Han pasado unos cuantos años, y jugaba un tal Diego Milito, que marcó un gol sin apenas ángulo que hizo que saltara de la silla y reprodujera un pequeño baile vergonzoso casi sobre ella. Era aquél un Zaragoza distinto.

Sólo diré que me puse tan nervioso, que trasegué cerveza sin medida durante la duración del partido. Tanta, que al concluir los camareros me regalaron una camiseta, y me la llevé puesta sobre la propia, haciendo publicidad de una conocida marca irlandesa mientras tropezaba conmigo mismo por las escaleras que me devolvían a la casa de mis familiares políticos, y no podía borrar la sonrisa idiota de felicidad de mi cara. Ni cuando recibí la natural reprimenda por aparecer así en casa ajena, que estamos de visita, por dios.

Y ahora salgo de camino a esa misma ciudad dormitorio, a pasar estos días como aquella vez. Se esperan lluvias a porrillo, no habrá mucha gente en el bar, y llego con la ilusión tímida que invade al zaragocismo después de los últimos partidos, que han cargado de esperanza la mochila de la afición. Una vez más.

No es que sea especialmente supersticioso, pero vayan preparando el barril, señores. El escenario es importante, y nunca, nunca se sabe.