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Cualquiera tiempo pasado…

¡Qué vueltas que da la vida! Quién iba a decir a la afición blanquilla que el fichaje de más copete, relumbrón y alfombra roja de los últimos años iba a ser un repatriado, un mero recuerdo de tiempos mejores y equipos que paseaban el león rampante y orgulloso por toda España y (parte de) Europa.

José María Movilla es un jugador de casta, compromiso y carácter. De galones, que faltan a la orilla del Ebro. De esa raza que se identifica con Puyol y Stoichkov. El salto al campo supone una subida de revoluciones que no se calma hasta la ducha. Imposible olvidar aquellos partidos que disputó con un brazo casi en cabestrillo. Es una brizna de espíritu en un equipo falto, en estas primeras jornadas, precisamente de eso: de alma. Fichado sobre la bocina, con la competición ya en marcha, se ha convertido en cuestión de horas en el líder de un vestuario al que le faltaba una cabeza visible que no fuera su portero.

Habrá que recordar, no obstante, que José María Movilla abandonó el Real Zaragoza por el camino habitual: la puerta de atrás. Porque, con 31 años, ya no daba el nivel. Era mayor en un equipo con pretensiones que se demostraron ufanas y altos vuelos que resultaron demasiado cortos. El error, que lo fue, vino acompañado de un declive en las aspiraciones deportivas del equipo que ha finalizado con la vuelta de Movilla a la disciplina maña. 37 años, una cartera de servicios de envidiable longevidad y compromiso. Allá donde ha ido, ha cumplido. Igual que lo hubiera hecho aquí, si se hubiera quedado. De eso estamos todos seguros. Un jugador digno de alabar, de esos que crean vestuario y juego, que pintan con su impronta el césped del estadio por el que pasan, de los que no se esconden. Lo que necesitaba el Real Zaragoza.

Sin embargo, llega un punto en el que resulta irónico, casi dramático, que el fichaje que más ilusione a propios y extraños sea un jugador de 37 años, procedente del Rayo Vallecano, cumplidor y bregador, pero sin una clase excelsa, ni capacidad goleadora. Es, casi, el recuerdo andante de que el club del león fue grande no hace tanto, de que existen jugadores en activo que disputaron (y ganaron) finales conquistadas desde el feudo inexpugnable de La Romareda. Es como una brisa de aquel pasado que, como todos, sin duda fue mejor. Una brisa que alienta los rescoldos de una hoguera pisoteada y casi ni humeante: la de la ilusión de una afición vapuleada por las circunstancias, que ya sólo espera no tener que sufrir un año más.

El garrote de Damocles

El vecino ha dejado de gritar, y eso siempre es una bendición. Hace un rato que ha concluido el partido de vuelta de la Supercopa, y los petardos y algún bocinazo solitario han dado paso, poco a poco, a un silencio cómodo. El calor comienza a diluirse y es buen momento para buscar refugio en la red antes de entregarse al sueño.

Error. De novato, y de iluso. Todo se encuentra avasallado por el post-partido, y no hay red social que no luzca los galones más estúpidos de estos encuentros. Quites y embestidas mil veces releídas y escuchadas vuelven a invadir la pantalla, y ni siquiera llegan a molestar por su contenido. Es una cuestión de aburrimiento, de pereza, esa sobremesa sin siesta en la que te plantas ante el televisor y lo mejor que puedes encontrar -y ya es decir- es, madre mía, de nuevo Pretty Woman.

Pero nadie está libre de pecado, y no veo piedras por aquí, de modo que aprovecho las sensaciones balompédicas para dejarme llevar hacia el escudo propio.

El Real Zaragoza inicia otra campaña en Primera División. Milagrosamente, podrán afirmar algunos, los que todavía no lucen una medallita de San Manolo. Puede ser, pero ahí está. Y con él, el zaragocismo, tribu escéptica  y rocosa que ansía ser engañada como principal paradoja existencial. Que la mimen, aunque sólo sea con promesas vacías, para al menos disfrutar de un momento de esperanza antes del siguiente garrotazo. Que siempre llega. Aunque ahora, por lo menos, nos llevamos por delante el saber que no será culpa del entrenador. No es poca cosa.

Ahora nos encontramos en un equilibrio complejo, mientras contemplamos las luces y los cohetes de esa otra liga -tan cerca, tan lejos-, entretenida en trofeos introductorios. Habitual en este equipo. Nos hemos cargado de jóvenes con posibilidades, con mucho que ganar. Y eso ilusiona a la parroquia. La posibilidad de un diamante en bruto siempre está ahí, y es éste un equipo donde no es un hecho inusual. Pero, ay, esa copa de vino joven requiere un maridaje fuerte. Esas posiciones clave que deberían haber sido reforzadas con jugadores de carácter y experiencia han quedado abandonadas a su suerte, la voz de Manolo está siendo desatendida, y los jóvenes reclutas carecen de sargentos que los lleven sanos y salvos hasta las trincheras del próximo verano.

Y, pese a la llegada de Babovic (que, pese a las buenas referencias de compatriotas y la solera razonable que se presupone a los apellidos con esa rima, es una incógnita), da la sensación de que necesitamos un par de apariciones más. Una, como escandaloso mínimo. Tres, como recurso razonable, y conociendo la situación de necesidad en que nos encontramos. Que, hasta ahora, no ha sido mal gestionada, eso lo reconozco.

Hasta ahora los jóvenes están salvando razonablemente los muebles sin haber transcurrido jornadas ni tiempo para hacer cálculos correctos, y sabiendo que estamos inmersos en una competición con las raíces podridas. Pero todos sabemos que necesitamos algo más si no queremos volver, como decíamos antes, a nuestro estado natural: el garrotazo.

Veremos.

Los 77 de Agapito

Agapito Carmelo Iglesias García. Quizá uno de los nombres más mentados de los últimos seis años en la ciudad de Zaragoza. El presidente de Codesport recibió el timón de la nave blanquilla en mayo de 2006, de manos de Alfonso Soláns. Agapito comenzó de manera positiva, con un conjunto que marchaba sexto en el campeonato y, por tanto, con derecho a jugar en Europa. Las cosas pintaban bien a orillas del Ebro. Sin embargo, al año siguiente el equipo diseñado por el de Navaleno comenzó un desgaste y una degeneración , descenso a Segunda de por medio, que protagonizó una de las debacles más increíbles que recordarse puedan. El proyecto saltó dinamitado por los aires, comenzando una espiral que aún hoy azota los deteriorados basamentos de una escuadra que se tambalea al filo del alambre temporada tras temporada. El proyecto se transformó, a ojos de los zaragocistas y del mundo, en una caída de crecimiento exponencial hacia el averno. Eduardo Bandrés dimitió,  las cuentas se hicieron insostenibles, el final del idilio con la afición se confirmó y el equipo entró en crisis económica, social y deportiva. La fractura era total.

Los 77 de Agapito   fotografía

En unos años se había pasado de luchar por Europa y aglutinar estrellas a entrar en disputas institucionales con el Getafe, el Deportivo, el Shakhtar… a tener que realizar milagro invernal tras milagro para sostener al club en Primera. A garantizar la viabilidad del club ante la duda de miles de aficionados. A las catástrofes semanales de Braulio, de las entradas baratas, los silbatos, la polémica de la Selectividad de Ramiro, el “extravío” de Ortí y Lacruz o la marcha de jugadores como Ponzio o Meira.

¿Cómo se llegó a esta situación? ¿Fueron primero las deudas o la mala gestión deportiva? ¿Cómo se transformó un equipo plagado de estrellas como los Milito, Aimar o D’Alessandro en el, hasta hace 4 días, colista de la Primera División? Evidentemente la realidad tiene infinitos matices, explicaciones y puntos de vista. Seguro, por ejemplo, que el del propio presidente difiere mucho del de la afición maña. Por eso desde aquí hemos querido establecer una relación, una progresión completamente objetiva del estado del equipo temporada a temporada. Una valoración exenta de polémicas económicas, cuentas y escándalos: sólo de aquellos que son encargados de hacer que la pelotita y la malla se junten cada 7 días. De los jugadores que se trajeron para construir un equipo. Los que trajo, a fin de cuentas, el máximo accionista. Y esta relación es larga, mucho más de lo que debiera si el rumbo del equipo hubiera sido otro. Entre técnicos y jugadores superan las siete decenas. Sí, han leído bien. Estos son los 77 de Agapito.