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Semana dulce

La vuelta a la competición de Liga ha sido positiva para el Real Zaragoza. Han dejado de producirse situaciones complicadas en el seno del vestuario, en los Tribunales Deportivos y en el entorno del club para dejar paso a un triunfo incontestable de los blanquillos en el nuevo estadio de Los Cármenes de Granada. Otra vez la euforia ha vuelto a gran parte de los aficionados, que han visto cómo ha quedado zanjada la cuestión sobre la titularidad de Movilla, o la certificación de la calidad de un futbolista como Víctor Rodríguez.

Pero no hay que bajar los brazos; la situación es todavía muy difícil porque en la Romareda el equipo aragonés debe recibir al Sevilla y al Deportivo. Los andaluces remontaron el lunes en un partido frenético ante un rival rocoso e incómodo, que le puso las cosas difíciles a los andaluces en su estadio. Por su parte, el Deportivo vendió cara su piel contra el FC Barcelona y se trata de una derrota que aporta moral y credibilidad a los jugadores de José Luis Oltra. Y lejos de la Romareda, los desplazamientos al Santiago Bernabéu y al Nou Camp parecen imposibles porque en su estadio ambos clubes se muestran inabordables, aunque bajen enteros lejos de sus estadios.

Quiero acordarme también de Iván Obradovic. El futbolista serbio estará seis meses apartado de los terrenos de juego después de la intervención quirúrgica del lunes, donde le fue recompuesta la rodilla izquierda. Un tiempo muy largo y que le hará perderse toda la temporada. Muy mala suerte la del internacional balcánico que en cuatro temporadas en el club aragonés ha sufrido lo indecible y jamás ha llegado mostrar toda la calidad que lleva dentro. A partir de ahora se abren las expectativas para saber si el Real Zaragoza acude al mercado nacional o si espera a enero para fichar, supuestamente, a un delantero.

Todos los hombres del entrenador

Todos los hombres del entrenador   fotografía

Llegó la hora de los futbolistas. Atrás queda un verano marcado por la continuidad de Manolo Jiménez, por el paso atrás de Agapito Iglesias y por la enésima renovación de la plantilla.  El objetivo no es otro que la permanencia en Primera División, pero además, la afición reclama no sufrir cada fin de semana, comparecer en las últimas jornadas con los deberes hechos y así evitar la revalida del examen definitivo. Con la tranquilidad del objetivo cumplido podría alcanzarse el fin último, un proyecto a largo plazo basado en jugadores jóvenes, con futuro y en propiedad. Todo por revivir algún día al Real Zaragoza que rugió por España y Europa. Estos son los futbolistas por los que pasan las ilusiones de la afición blanquilla.

Cualquiera tiempo pasado…

¡Qué vueltas que da la vida! Quién iba a decir a la afición blanquilla que el fichaje de más copete, relumbrón y alfombra roja de los últimos años iba a ser un repatriado, un mero recuerdo de tiempos mejores y equipos que paseaban el león rampante y orgulloso por toda España y (parte de) Europa.

José María Movilla es un jugador de casta, compromiso y carácter. De galones, que faltan a la orilla del Ebro. De esa raza que se identifica con Puyol y Stoichkov. El salto al campo supone una subida de revoluciones que no se calma hasta la ducha. Imposible olvidar aquellos partidos que disputó con un brazo casi en cabestrillo. Es una brizna de espíritu en un equipo falto, en estas primeras jornadas, precisamente de eso: de alma. Fichado sobre la bocina, con la competición ya en marcha, se ha convertido en cuestión de horas en el líder de un vestuario al que le faltaba una cabeza visible que no fuera su portero.

Habrá que recordar, no obstante, que José María Movilla abandonó el Real Zaragoza por el camino habitual: la puerta de atrás. Porque, con 31 años, ya no daba el nivel. Era mayor en un equipo con pretensiones que se demostraron ufanas y altos vuelos que resultaron demasiado cortos. El error, que lo fue, vino acompañado de un declive en las aspiraciones deportivas del equipo que ha finalizado con la vuelta de Movilla a la disciplina maña. 37 años, una cartera de servicios de envidiable longevidad y compromiso. Allá donde ha ido, ha cumplido. Igual que lo hubiera hecho aquí, si se hubiera quedado. De eso estamos todos seguros. Un jugador digno de alabar, de esos que crean vestuario y juego, que pintan con su impronta el césped del estadio por el que pasan, de los que no se esconden. Lo que necesitaba el Real Zaragoza.

Sin embargo, llega un punto en el que resulta irónico, casi dramático, que el fichaje que más ilusione a propios y extraños sea un jugador de 37 años, procedente del Rayo Vallecano, cumplidor y bregador, pero sin una clase excelsa, ni capacidad goleadora. Es, casi, el recuerdo andante de que el club del león fue grande no hace tanto, de que existen jugadores en activo que disputaron (y ganaron) finales conquistadas desde el feudo inexpugnable de La Romareda. Es como una brisa de aquel pasado que, como todos, sin duda fue mejor. Una brisa que alienta los rescoldos de una hoguera pisoteada y casi ni humeante: la de la ilusión de una afición vapuleada por las circunstancias, que ya sólo espera no tener que sufrir un año más.

Movilla anima el parón

Estoy acostumbrado a sufrir el trabajo ineficaz de personas en puestos de responsabilidad, todos padecemos a tontos importantes que perjudican nuestra labor diaria. Gente puesta a dedo, pelotas, medradores que tienen mucho tiempo libre para hacer política laboral y mantener su puesto e ingresos a salvo. Ha pasado siempre y pasará, pero en el caso del fútbol la estulticia supera cualquier registro conocido.

Comenzamos la Liga a mediados de agosto, en plena ola de calor africano que ha puesto los termómetros en más de cuarenta grados en toda España. Se nos ocurre poner tres partidos a las once de la noche de un lunes, que dejó vacíos los estadios. Y eso después de la guerra de los operadores televisivos, la amenaza de huelga de los clubes desfavorecidos y la crisis que cada vez se hace más insoportable.

Y ahora, un parón futbolístico por los compromisos de las selecciones que deja con síndrome de abstinencia a los seguidores de los partidos por la televisión que se apoltronan entre los cojines de su sofá mientras consumen alcohol y devoran comida barata. No son todos porque aún existe en la mayoría el sentido común pero forman ya un clan de gente sin relaciones humanas que necesitarán de colirio para aclarar sus enrojecidos ojos.

¿No sería más fácil comenzar la Liga en septiembre, como siempre? ¿No sería más sensato ajustar al fin de semana y en horarios convencionales los partidos? Si quieren audiencias, que fijen los sábados a las diez de la noche y los domingos a las seis de la tarde los partidos del Real Madrid y del Barcelona. Pero que se dejen de domingos al mediodía y de horarios tan extraños como el de las ocho menos diez de la tarde del domingo, que es cuando tendrá que jugar el Real Zaragoza el día 16.

Una derrota no es positiva nunca, pero mucho menos cuando hay quince días sin fútbol. Mucho tiempo para que el vestuario se revuelva, se realicen declaraciones polémicas y se desate la ansiedad. Especialmente cuando ya conocemos estas agonías de comienzo de temporada y parece que la Romareda es un lugar donde cualquiera puede llevarse los tres puntos.

Menos mal que la noticia de la llegada de Movilla ha movido los corazones de los aficionados zaragocistas. Con disparidad de criterios, especulaciones sobre las maniobras de Agapito, si era lo que deseaba Jiménez o reflexiones sobre sus 37 años. Pero todos recuerdan su paso por el Real Zaragoza y asumen su profesionalidad sobre el terreno de juego. Que llegará en una forma adecuada también está fuera de duda.  Ahora consiste en que el equipo se ensamble, tenga personalidad y consiga la calma necesaria para no sufrir los sobresaltos de las últimas temporadas.