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¡No oséis llamarlo éxito!

Épicas aparte, el Real Zaragoza consiguió ayer el objetivo mínimo que se había marcado al inicio de la temporada. El alfiler del que pende la supervivencia del club en la élite temporada tras temporada. Su sostén para poder afrontar, salidos ya del concurso de acreedores, los exigentes pagos que tiñen de rojo su calendario.

El éxtasis blanquillo fue total, absoluto, rotundo. Sólo pudo ser superado por la alegría vallecana, a escasos kilómetros del Coliseum y a escasos segundos de culminar la amenaza del descenso a los infiernos. El Villarreal será, junto a Sporting y Racing, quien sufra la pena del olvido y el destierro, mezclados con los dolorosos recuerdos de aquél penalty de Riquelme que pudo ser y no fue.

Ellos fueron grandes, y ahora están en Segunda. Lo mismo que podría haberle pasado al Real Zaragoza. Mejor dicho, lo que debiera haber pasado si la lógica de las matemáticas no se hubiera empotrado contra un muro de fe, casta, pasión y milagros. Contra el muro de la Basílica de Nuestra Señora del Pilar, podría decirse después de atisbar tamaña proeza, digna sólo de unos pocos elegidos.

La marcha del equipo y la mera observación del paciente aficionado en la grada hacían pensar que Javier Paredes, Pablo Álvarez, Zuculini o Edu Oriol no formaban parte de ese selecto grupo de elegidos que decía antes. La proeza resultaba demasiado utópica para el sentir maño. Pero estos jugadores, ajenos a esa excelsa clase de los que ahora llaman ‘top’ no se han resignado. Imbuidos del espíritu revolucionario, se han levantado contra su destino y han asestado un zarpazo al pesimismo, han insuflado aire cargado de ilusión a una afición maltratada, zarandeada y, últimamente, odiada y vilipendiada desde distintos puntos de España (según parece, Granada es el epicentro de la ira antizaragocista).

El episodio de ayer fue glorioso para aquellos que se desplazaron a la capital del Reino, agónico para los que lo siguieron por televisión y por la radio. Épico, antológico. Pero no se os ocurra, no oséis llamarlo éxito. Esto no es un éxito. Es un alivio. Sólo eso. La salvación permite que exhalemos, poco a poco y con placer, el aire que guardábamos en los pulmones desde septiembre del pasado año. Esto no es un éxito. Mirad las imágenes de París, de Montjuïc, de aquellos maravillosos años. Eso sí fueron éxitos. Esto, como mucho, califiquémoslo de proeza por lo heroico e inesperado. Pero no de éxito. No demos esa satisfacción a quien no ha gestionado el club para conseguir verdaderos éxitos, esos que este club sí merece.

A partir de hoy, finalizada ya la temporada, comienza el partido más importante para el Real Zaragoza. No hablamos, como todos saben, de 3 puntos, ni de goles, tarjetas o tarascadas. Éste se juega en los despachos. Esos desgraciados protagonistas del fútbol moderno marcarán el devenir a corto, medio y largo plazo de un equipo, una afición y un sentimiento. Esa misma afición, que gritó que sí podía y lo demostró hazaña tras hazaña, no debe bajar ahora la guardia. Hemos de construir un nuevo equipo desde casi menos de cero. El conjunto que hasta el 30 de mayo dirige Manolo Jiménez se desmantela por piezas, quedando sólo algunas de ellas. Ni siquiera la continuidad del andaluz en el banco es probable. Ahora toca gestionar, moverse, fichar, negociar… toca el ‘otro fútbol’. El que construye equipos y gana campeonatos o bien construye deudas y pierde categorías. En el corazón zaragocista queda la esperanza de que esto no sea un bucle: que no volvamos a empezar, a sufrir, a silbar e indignarnos con unos gestores y una gestión impropia de los despachos que ocupan. En la retina, sin embargo, guardamos el recuerdo de innumerables decepciones que, con los años, van desplazando las copas y las alegrías. Que nadie se olvide: la permanencia no era un éxito, era una obligación. Ahora comienza una nueva senda y, aunque caminemos con el pecho henchido y la cabeza alta, no debemos olvidar lo que dejamos a nuestra espalda, ni el horizonte que está por venir.

El penúltimo aliento

Nueve de la noche. El Real Zaragoza tendrá la penúltima bala de permanecer en primera. Está obligado a gastarla bien. A no derrocharla. Ya no es momento de hablar de oportunidades, ni de calendarios, ni de posibles carambolas en cuanto a resultados. Es momento de centrarse en la historia reciente de este club. Para ello es importante ir paso a paso en todo lo que ha sucedido en escasas semanas. En primer lugar hay que recordar lo que todo el mundo ha visto y contemplado boquiabierto. Un Zaragoza de segunda, con un abismo de puntos que recortar hacia la salvación, resurgió de sus cenizas. Un muerto, a medio enterrar, apartó con sus manos la arena de la fosa y pelea por volver a respirar en Primera. Manolo Jiménez fue quien le tendió ambas manos y ahora todos pelean por pisar terreno firme de nuevo. Para ello hay que escalar unos centímetros más esta noche.

Lo segundo, y más llamativo aún que lo primero, es la reacción de toda una afición. Siempre se ha dicho que la afición del Zaragoza es volátil, cambiante y que solamente rema cuando las cosas se colocan de cara. Bien, esta vez han callado multitud de bocas. La mía la primera. Cuando peor estaban las cosas, hasta el más pesimista del lugar fue a La Romareda. A increpar a Agapito y, sobre todo, a dar su aliento a un equipo necesitadísimo del mismo. El resultado funcionó. Gracias a las gargantas blanquillas el equipo aragonés llega con opciones a la penúltima jornada. De consumarse el descenso a final de Liga no todo quedará relegado a Segunda División. La afición seguirá siendo de Primera. Prueba de ello es que esta tarde el estadio estará lleno hasta la bandera. A rebosar. Eso el año pasado no sucedió.

Por último, sigamos hablando de historia. Un dato para el optimismo es que si el Zaragoza gana esta noche, a partir de las 21.00 horas, al Racing de Santander estará con sus opciones vivas de permanecer en Primera siempre y cuando no ganen a la vez el Villarreal, el Granada y el Rayo Vallecano. Si, lanzando ya las campanas al vuelo, el equipo lograse salvarse en Getafe el mérito sería doble. Con una diferencia tan brutal de puntos ningún equipo, al menos del Zaragoza, logró salvarse antes con unos datos tan adversos. Confiemos. Alentemos. Gritemos. Zaragoza no se rinde. Sí se puede. Sí se puede. ¡Sí se puede!

Agapitanic

Agosto de 2011. El Agapitanic se dispone a zarpar. El barco parece mejor que el de 2010 y muchos suben con la esperanza de tener un viaje tranquilo. Un viaje que durará unos nueve meses. Los primeros dos meses son cómodos y hasta se piensa que se puede alcanzar el destino final antes de tiempo. Sin embargo, Javier Aguirre y sus otros comandantes no ven un iceberg llamado Osasuna. Intentan desviarse pero ya es tarde. El Agapitanic colisiona y el agua comienza a entrar poco a poco. El capitán mexicano y sus ayudantes buscan una solución. Van sacando agua con cubos y ponen celo para sellar las grietas. Obviamente, no consiguen nada y la situación va a peor.

Agapitanic   fotografíaPasan dos meses y ya hay más agua dentro del barco que en el mar. Aguirre se niega a ir y se agarra a su timón. Los cristales ya no resisten más y la aparición de Arenere y cía en el barco provocan la rotura total y el agua se lleva por delante al capitán. El Agapitanic comienza a hundirse. Parte de la tripulación salta del barco, unos empujados y otros atemorizados, antes de tiempo: Meira, Juárez, Antonio Tomás, Ponzio, Braulio…Así como Arenere y cía, después de ver que no pintaban nada en el barco de las mentiras. Los violinistas Prieto, Checa, Herrera y Cuartero siguen tocando.

Definitivamente, el Agapitanic se hunde y sólo unos pocos (jugadores y aficionados zaragocistas) aguantan en las tablas mientras el frío de las aguas de Segunda está a punto de congelarlos. 32 minutos después del hundimiento, llega un pequeño barco con Manolo Jiménez a la cabeza y algunos refuerzos buscando supervivientes. Parece que no hay nadie vivo, pero…recordad qué minuto del hundimiento era. Algunos zaragocistas cogen el silbato y comienzan con la agapitada. Manolo lo escucha y pide dar media vuelta. ¡¡Quedan supervivientes!! 21 jugadores y muchos zaragocistas son los afortunados supervivientes que se suben al barco del sevillano. Un barco llamado We Believe. Todavía quedaba una larga travesía.

Una ola malagueña está a punto de acabar con ellos. El capitán se enfada, siente vergüenza de los tripulantes pero resiste. El mar sigue furioso pero la tripulación trabaja más que nunca para evitar el naufragio y se animan con la frase de su capitán: “Juntos podemos”. De repente, llegan a una isla mallorquina. Ahí deben coger provisiones en forma de puntos para poder seguir el viaje y llegar bien a su destino, pero tendrán que acabar antes con la tribu caparrosiana. Jiménez soltará a Dujmovic, que viene de cargarse a unos piratas granadinos. ¿Lograrán derrotarles? Seguro que sí. Fe, lucha y supervivencia son los valores de esta tripulación que no parará hasta llegar a Salvación City. Ahora más que nunca: ¡¡We Believe!!

Déjà vu para el sí, se puede

La última vez que ganamos al Barça yo estaba sentado en un bar de una pequeña ciudad dormitorio de las que rodean Madrid. Llovía, había muy poca gente en el bar en el que me encontraba, y sólo los camareros atendían al desarrollo del juego con cierto interés. Han pasado unos cuantos años, y jugaba un tal Diego Milito, que marcó un gol sin apenas ángulo que hizo que saltara de la silla y reprodujera un pequeño baile vergonzoso casi sobre ella. Era aquél un Zaragoza distinto.

Sólo diré que me puse tan nervioso, que trasegué cerveza sin medida durante la duración del partido. Tanta, que al concluir los camareros me regalaron una camiseta, y me la llevé puesta sobre la propia, haciendo publicidad de una conocida marca irlandesa mientras tropezaba conmigo mismo por las escaleras que me devolvían a la casa de mis familiares políticos, y no podía borrar la sonrisa idiota de felicidad de mi cara. Ni cuando recibí la natural reprimenda por aparecer así en casa ajena, que estamos de visita, por dios.

Y ahora salgo de camino a esa misma ciudad dormitorio, a pasar estos días como aquella vez. Se esperan lluvias a porrillo, no habrá mucha gente en el bar, y llego con la ilusión tímida que invade al zaragocismo después de los últimos partidos, que han cargado de esperanza la mochila de la afición. Una vez más.

No es que sea especialmente supersticioso, pero vayan preparando el barril, señores. El escenario es importante, y nunca, nunca se sabe.

¿Barco o canoa?

Era difícil imaginar que el Real Zaragoza llegase al partido frente al Barça con esperanzas de conseguir la victoria. Era difícil incluso imaginárselo a estas alturas de la temporada con opciones de salir del descenso y de salvar la categoría. Los números no engañaban, doce puntos de distancia hasta la salvación parecían mucho más que un mundo. Pero es lo que tienen los números en el mundo del fútbol, hoy te pueden dar la razón y mañana quitártela. Ahora el Real Zaragoza es otro, gracias en gran parte a la imagen que le ha imprimido Manolo Jiménez, y que mañana consiga los tres puntos ante el vigente campeón de Europa suena utópico, pero ya no tanto. Los pitidos se han convertido en gritos de ánimo, los insultos en alabanzas y La Romareda parece estar convencida en unanimidad para gritar ‘sí, se puede’.

La pregunta que yo me hago es: ¿Hasta cuándo se puede? Pocos eran los que cuando se perdió por goleada en Málaga pensaban que se podía revertir la situación. Muchos los tildaban de locos y los acusaban de querer crear falsas esperanzas en la afición blanquilla. El descenso era inevitable. No serían más de un centenar los que navegaban en esa pequeña canoa y que veían que pese a que la situación era crítica aún quedaba tiempo para un milagro. Hoy, esa canoa se ha convertido en un trasatlántico. El barco está lleno casi en su totalidad y los que hace unos meses no veían otra posibilidad que estar el año que viene en Segunda ahora se ponen en primera fila de este movimiento de fe y esperanza. No los juzgo, todo el mundo tiene derecho a rectificar o a cambiar de opinión, pero a raíz de esto es cuando me surge la pregunta que formulo al principio de este párrafo: Hasta cuándo. ¿Hasta que se pierda contra el Barça y el Sevilla? Tras estos dos partidos el Real Zaragoza puede estar de nuevo a una distancia considerable de la salvación y será entonces cuando me gustará ver qué será de ese barco, si seguirá lleno hasta la bandera o si volverá a ser esa canoa tripulada por esos pocos locos que siguen viendo posibilidades.

Todo el mundo tiene derecho a pensar lo que quiera. Sólo faltaría. Pero no creo que lo que hoy es negro mañana pueda ser blanco y a la inversa. Para que nos entendamos, ni hoy el Real Zaragoza está salvado ni después de estos dos partidos si se pierde estará descendido. Creo que hay que tener los pies en el suelo, los zaragocistas estamos acostumbrados últimamente a vivir sensaciones límites y lo mejor es tener la cabeza fría y no dejarse llevar por el corazón ni por forofismos desbocados.